• Leticia Ánimas
  • 06 Junio 2013
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Por: Leticia Ánimas

 

El domingo pasado se llevó a cabo una importante reunión en Zapotitlán de Méndez, en la Sierra de Puebla, convocada por una diversidad de organizaciones sociales que se oponen a la realización de proyectos industriales --mineros e hidroeléctricos-- en los ríos y cañadas del territorio serrano.

Presentamos una crónica elaborada por la periodista Leticia Animas, quien desde hace varios años ya documenta desde los pueblos serranos los complejos procesos políticos y sociales de la vida en la sierra.

Como puede verse en la crónica, no ha sido fácil para los diversos grupos involucrados en la defensa del territorio de los pueblos originarios serranos alcanzar los consensos necesarios. Pero la discusión permite reconocer las temáticas, las prioridades y las estrategias que se pueden establecer frente a la magnitud del conflicto ambiental e histórico.

Y es un nuevo llamado a las autoridades de todos los niveles a sentarse con los grupos civiles organizados para discutir a fondo un verdadero proyecto colectivo fundado en el reconocimiento de la realidad histórica, social y culturar de los pueblos originarios en un entorno ambiental fundamental para la conservación ecológica de México.

El acuerdo político que no se firmó en Zapotitlán.PDF

El documento que se firmó en Zapotitlán. PDF

Zapotitlán de Méndez, Pue.- Es casi la una de la tarde, han esperado pacientemente más de tres de horas bajo el sol que cae impertinente sobre la plancha de concreto de la plaza zapotleca, a un lado del quiosco porfiriano que hoy servirá de templete y tendedero de las mantas y lonas con sus consignas de rechazo a las mineras, las hidroeléctricas, las ciudades rurales, al maíz transgénico.

Es la hora de una Sierra viva, discutidora y emergente.

Llegaron temprano porque en esta reunión “se decide el futuro de la sierra”. Esperan a Jaime Martínez Veloz, comisionado nacional para el diálogo con los pueblos indígenas del gobierno federal. Aunque buscan la sombra, nadie camina más allá de los portales. Esperan. Y cómo no hacerlo, si desde hace más de un año que empezó el movimiento en la sierra, los indios nahuas y totonacos cuyas tierras y ríos están amenazados, no han escuchado ninguna respuesta de la autoridad a sus demandas. Por eso, dicen, también es día de fiesta.

Vinieron para decirle al señor autoridad que no quieren que entre estallido y estallido de dinamita en sus comunidades vaya habiendo cerros al revés, enormes cráteres, ríos sin agua en las venas. Que el oro y la plata que pueda haber en las tierras que habitan poco les importan, porque al oro en su idioma le llaman teocuitlatl o “caca de los dioses” para los coyomes.

Les dijeron que hoy se firmaría un acuerdo. Que el comisionado servirá de puente con funcionarios de las dependencias que pueden decidir qué hacer con los proyectos de las empresas nacionales y extranjeras a las que se les han entregado sus recursos naturales sin avisarles, sin que ellos pudieran decir que no están de acuerdo.

Llevan un año informándose de los efectos de la minería extractiva, saben de la desaparición del Cerro de San Pedro en San Luis Potosí, ícono apocalíptico de las empresas mineras nacionales e internacionales, que las mineras necesitan el agua de sus ríos y no quieren “que nos cargue la chingada”, como gráficamente lo describe más tarde en el mitin don Germán Romero González, el elocuente y bien plantado dirigente de Tetela Hacia el Futuro, movimiento que tiene el mérito de haber hecho a muchos voltear los ojos para saber qué estaba pasando en el corazón de la sierra poblana.

Bajaron del Levante desde Huehuetla e Ixtepec. También hay gente de Tetela de Ocampo, de Xochitlán de Vicente Suárez, de Zoquiapan, Zongozotla, Camocuatla, Zacapoaxtla, Huitzilan, Zapotitlán, Teziutlán, de Hermenegildo Galeana, de Cuetzalan, que vienen para reiterar su rechazo a los proyectos que han calificado como “jurídicamente inviables, moralmente condenables y socialmente injustos”, a más de ser una nueva versión de la invasión española. 

En la plaza sigue la imperturbable espera indígena. Escuchan las poesías del huehuetleco Alberto Becerril, el improvisado rap anti-minero de los preparatorianos del mismo municipio; bailan y versean con el huapango El Querreque: “Pobrecito cojolite que vuelas en las encinas/que vuelas en las encinas pobrecito cojolite. /Me duele tu vida triste que hoy en día no adivinas/ pues aplastarán tu nido los escombros de una mina.”

De pronto, corre el rumor: “Ya vienen por El Paraíso”. La cohetería lo confirma. Paran la música. Encienden el xochijarro, el olor del purificador copal invade todo. Salen a recibir a Martínez Veloz. Ponen en su cuello el xochiyugo, bien cerquita del corazón donde están los sentimientos buenos y lo malos, pero también la responsabilidad que pesa sobre la persona.

Lo acompañan la diputada perredista Roxana Luna Porquillo y Raymundo García López, dirigente de Serranos Unidos en Resistencia Indígena (Suri), que llenó la plaza con vistosas lonas. Viene con cientos de hombres y mujeres de todas las edades que van cerrando filas conforme el Comisionado Martínez Veloz avanza hasta el quiosco. Saca su Ipod --que también tiene oro, dirían los mineros--, registra el sombrererío, los tules y las pancartas. Truena el grito: La tierra no se vende se ama y se defiende.

Siete pequeños quetzales empiezan a bailar la danza dedicada al sol. Un son de costumbre sale de una flautilla de carrizo y un tamborcito de cuero y de madera. Mueven sus pies en en cruz para simbolizar los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos que nos forman, también hacen círculos para emular la rotación del tiempo, los cambios, las revoluciones. Agradecen por lo que tienen, por lo que son y quieren seguir siendo.


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