• Sergio Mastretta
  • 01 Mayo 2014
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Trabajar en Puebla, 1989

 

A  estas alturas de la producción de Volkswagen, con más de 600 carros que ven la luz en las líneas de ensamble, con apretadas listas de espera para adquirir los Vochos a trece millones, con apertura de segundo y tercer turno en todas las naves, con un cambio en el “concepto” del decreto de instalación del a planta en 1962, de “integración” (a la industria nacional) al de “exportación” (por la vía de la maquinización radical), según Martín Josefhi, las palabras empresa y eficiencia, que escurren cristalinas en el arroyo abrupto de la modernidad salinista, se desbordaron sobre los empresarios —hombres y mujeres de empresas mayores (como Jorge Zárate del Grupo Primex) y menores (como los capitalinos Lechuga, dueños de RAPUSA, fabricante de partes automotrices) —que ayer se fueron de turismo a la planta alemana.

--Ya me dijeron —bromeó  Martín Josefhi a la hora del cognac y el del discurso oficial— que me van a pasar la cuenta de los tacones de las damas que hicieron el recorrido, pero sólo así se da uno cuenta de lo que es una fábrica de automóviles…



Porque las damas y sus caballeros tuvieron que seguir a este paso redoblado que impone siempre a sus visitantes el señor Maegler de Relaciones Públicas, igual que estos iniciativos poblanos que a los futbolistas de Maurer, por ese laberinto de pasillos que se asoman a las líneas en un ir y venir entre máquinas, cadenas y partes ensambladas por ese murmullo azul de sudores y overoles puestos frente a los catrines asombrados ante tanto trabajo industrial acumulado.

--Yo les pido a todos ustedes —dijo el alemán Maegler en un descanso de las escaleras que llevan a la nave de prensas—, que si los muchachos se emocionan y le chiflan a las señoras, no lo tomen a mal, tómenlo como un cumplido, así con ellos…Una vez vinieron unos militares , todo iba muy bien, pero cuando los obreros los vieron, les chiflaron, y ahí se acabó la visita, ya los señores no quisieron seguir…

Pero en este caso, con todo y chiflidos a las faldas, los del Club de Empresarios aguantaron toda la vuelta.  Y lo que ahora se acontece dentro de estas naves abruma La maquinización poco a poco le gana a los brazos la tarea —y a pesar de ello los overoles hormiguean, según  Josefhi  ya son quince mil los que trabajan en la planta —: las prensas están ahí, pero entre paso y paso aparecen los mecanismos y los ruidos que desplazan salpicaderas, puertas y cajuelas; las cadenas son las mismas, pero los robots están desplegados al os lados y funcionan al ritmo programado por esa ruta computarizada que termina en el gusto del mercado de consumidores canadienses y gringos.

—La ventaja es que a estas máquinas no les tiembla el pulso —comentó orgulloso uno de los guías de Relaciones Públicas a su auditorio de mujeres azoradas ante un robot que aplicaba alegremente sellados a los parabrisas del Golf—, antes esto se hacía a mano, como cualquier changarrito donde reparan parabrisas….

Y todos siguieron a los dos obreros que con las ventosas colocaron las piezas en un Golf rojo muy a la mano del bolsillo de cualquiera de los visitantes.

Y ahí, a pregunta del reportero, algunos de estos empresarios tuvieron que imaginarse del otro lado de la línea amarilla y del destino, y por un instante se pensaron obreros.

“Por mi carácter sería lideresa  —dijo Alejandra Pérez Moro, directora de la Asociación de Amigos  de los Museos —, bailo flamenco, soy temperamental. Pero soy realista, no pediría más de lo que es.  Pero aquí se ve que es un trabajal, yo sí me imagino lo que se fleta una obrera…Yo no aguantaría, pero si no tuviera que comer…”

“Yo estaría integrado a una planta como esta —vislumbró Gabriel Abaroa, director de Constructora Monte Blanco”, trabajando con entusiasmo, y así, pelearía mejores condiciones de trabajo.  Yo creo que el obrero mexicano es bueno, eficiente, y corresponde a las empresas darles la preparación adecuada, con salarios justos, ambiente saludable y prestaciones adecuadas.

“Si mi destino hubiera sido el de obrero —piensa Raúl Lechuga, de la empresa RAPUSA—, me gustaría tener una especialización, en eta vida lo importante es saber hacer algo. Porque nadie la tiene comprada, nosotros no estamos en jaula. En esta vida todo es trabajo”

“Si fuera obrero —afirma Jorge Zarate, director del Grupo PRIMEX—, daría todo de mí para hacer lo que tuviera que hacer.  Eso es lo que lleva al éxito, así seas obrero o empresario, por eso creo que yo sería congruente, las cosas se debe hacer al límite de tu capacidad dentro de un marco de respeto a uno mismo y a los demás.  Yo sí seria sindicalista, porque creo que todo organismo tiene una función, si la cumple es bueno, y si no, es malo. Cada uno en la vida tiene una misión, el empresario, el político, el trabajador, y para sacar este país a flote cada uno debe buscar su lugar y trabajar con entusiasmo. El empresario tiene que dirigir bien la empresa y el obrero trabajar con productividad”.

Esa fue la ensoñadora visión que se imaginaron. 

Al final cuando bromeaba alguno con Martín Josephi. 

—Oye, tienes que darme un autógrafo, ya eres famoso, sales en la televisión -- el directivo de la empresa alemana sonrió:

--No hombre, si ya me metí en un problema con el sindicato  de la radio y de la televisión, dicen que estoy desplazando locutores.

Y a la salida, como en cada visita, los de Relaciones Públicas repartieron gorritas y sus plumas. José Luis Castillo, presidente del Club de Empresarios, abrazaba a Josephi y hablaba del valor y la entereza de Volkswagen. 

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