• Gabriel Wolfson
  • 01 Octubre 2014
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En la presentación de Baile de marcadores, de Horacio Reiba

1. El libro, según lo quiere Reiba, puede ser leído a saltos, unas cuantas entradas por día, en desorden. Así estas notas: espulgando no lo general, no la gran trama, sino algunos puntos sueltos, como cuando de un partido uno recuerda un gol, una pared, un regate imposible.

2. Como saque inicial: Horacio Reiba entrega su original a la editorial, en este caso la UAP, y, supongo, alguien escribe un prólogo en nombre del rector. Pues si a mí me hubieran entregado ese texto, habría reprobado al estudiante por plagio. Si no me creen, cotejen el tercer párrafo del prólogo rectoral con las líneas finales de la página 17. Aunque seguro las autoridades universitarias lo llamarían ‘intertextualidad’ o ‘angustia de las influencias’.

3. La introducción: el futbol como el paraíso de la infancia: si no es ahí –y más dadas las características nefastas del futbol en nuestros días–, ¿cómo podría alguien apasionarse a ese grado? Y otra: la escritura (sobre fut) como sucedáneo del fut real, que en otras palabras podríamos contar así: nuestro gusto por ver interminables partidos como compensación por no haber logrado nunca jugar bien. Sí. Pero al mismo tiempo, y aunque todas las evidencias indiquen lo contrario: ¿uno en verdad habría querido ser futbolista profesional? ¿En serio en serio? Yo lo dudo. Es decir: acaso los futbolistas juegan futbol como compensación por no haber conseguido jamás escribir bien sobre futbol.

4. Golazo: la recreación de esa época en que un partido mundialista suponía la posibilidad de la sorpresa, o de plano, la posibilidad del frentazo noqueador: nadie conocía –y menos ‘a la perfección’– al equipo rival: ¿quiénes eran, se habrán preguntado los ingleses en el 66, estos uruguayos que saben driblar y ocultar el balón? ¿Dónde está Uruguay, de hecho? Épocas, pues, en que los seleccionados nacionales viajaban con menos comodidades y certezas que como lo hacemos muchos turistas ahora mismo: nada de enviados especiales meses antes para estudiar el clima, la altura y la humedad del país sede; nada de sofisticados equipos de médicos, cocineros, psicólogos, masajistas; nada de escoger como ‘cuartel general’ (vaya presunción!) un hotel discreto, elegante y alejado del mundanal ruido; nada de reporteros asignados por televisa desde un año antes; y nada, claro, de diputados panistas deseosos de exportar su impunidad a regiones menos afortunadas del globo.

5. Segundo gol: de aquella misma época heroica de los mundiales, para bien o para mal ya perdida para siempre, la consistencia mucho más nacional de equipos y partidos, es decir: una de las sustancias más hondas del futbol: la guerra por otros medios. Uruguay negándose a ir al mundial del 34, Inglaterra negándose a ir a ningún mundial, la locura propagandística de Mussolini en su mundial: Reiba sospecha que “data de entonces la tremenda resonancia internacional de la Copa”: de ser cierto, las televisoras de nuestro país bien podrían honrar la memoria de don Benito con una gran estatua a la entrada de sus instalaciones.

6. Tres–cero: Brasil. Hubo una época en que Brasil no era Brasil. Para cosas como esta, tan difíciles de creer, hay que leer el libro de Horacio. Digamos: nadie sabía quién era ese niño, Pelé, en el verano del 58. Habrán surgido ya, y acaso lo seguirán haciendo, otros futbolistas igual de virtuosos, pero antes de cada mundial sabremos de ellos no sólo que existen y dónde nacieron, sino incluso qué hormonas les dieron a los 12 años para incrementar su estatura.

7. Medio tiempo: los mundiales de fut contradicen ese tonto lugar común de que nadie se acuerda de los subcampeones, de las medallas de plata o bronce. Los mundiales han generado una mitología exclusiva. Por ejemplo: para mí, que nací unos instantes después, el gran mito mundialista es la Holanda del 74, la alucinante, verdadera y única revolución en el futbol. Y el otro gran mito: la Hungría del 54, destilación de aquel maravilloso futbol centroeuropeo de que nos habla Horacio y, de nuevo, casi imposible de creer: “su juego ardiente y alado, coordinado y armonioso como ninguno, dolía de tan bello. Dolía sobre todo a los contrarios”, dice Reiba. Y en ambos casos, Holanda y Hungría, de nuevo gana Alemania.

8. Cuatro–cero, golazo de chilena: la historia de los mundiales, como la cuenta o fragmenta Reiba, tiene dos o tres núcleos irradiadores, tan potentes simbólicamente que se necesitarán décadas enteras para matizarlos o sustituirlos. Uno de ellos: 1958, el momento en que Didí convence al Gordo Feola de que, contra la URSS, debe alinear a “dos desconocidos”, Garrincha –que según el psicólogo del equipo “tiene vidrios en el cerebro”– y Pelé, básicamente un niño con cara de asustado. Otro de estos núcleos: 5 de junio de 1982, estadio Sarriá en Barcelona: la implacable y absolutamente melancólica derrota de Brasil ante Italia con los tres goles de Paolo Rossi, es decir: el momento en que se cierra el ciclo más glorioso del futbol mundial, ni siquiera recuperado con los dos mundiales posteriores ganados cansinamente por Brasil en 94 y 2002.

9. Jugadas de fantasía: los detalles postergados por la fama o la televisión, pero rescatados por Horacio: la extrañísima ronda de grupos del mundial de Suiza 54, donde cada equipo jugaría sólo contra dos de sus tres rivales; los tres sofisticados goles que Corea del Norte le encaja al Portugal de Eusebio en el 66, pero sobre todo el futuro de ese equipo, que “desapareció como entidad futbolística tan repentina y misteriosamente como había aparecido”; la reivindicación de la Inglaterra del 70 como superior a la que sí ganó el campeonato cuatro años antes, en paralelo a la postulación de que el Inglaterra–Alemania fue un juego superior al famoso Alemania–Italia del primer mundial en México.

10. 5–0: Una gran frase de Horacio: “Hamburgo, 22 de junio de 1974. Alemania contra Alemania. Como es natural, gana Alemania”. A ver: Reiba no sólo sabe de futbol, no sólo es un fiel aficionado y lector de futbol, sino que escribe bien. Algo tan fácil, escribir bien, y sin embargo casi ausente en quienes escriben sobre futbol en periódicos y revistas. Recuerdo que con mi padre varias veces coincidimos en eso: de todos a quienes leíamos en la prensa nacional, nuestro candidato a mejor escritor de fut del país era Horacio. Léase esa breve entrada sobre Alemania contra Alemania del mundial del 74 para corroborarlo. O la narración del gol de Borgetti en 2002: muchos periodistas deberían aprender justo eso: cómo se narra un gol por escrito, sin micrófono, gritos ni espumarajos. O el relato del partido entre la URSS y Colombia de 1962: ¿quién lo recuerda? Nadie. ¿Importa a efectos de la gloria mundialista? No. Y sin embargo, basta con que esté bien narrado para que emerja del hoyo negro del olvido.

11. Minutos adicionales: en cierto sentido, al menos para mí, el libro de Horacio es un gozoso catálogo de derrumbes y podredumbres, es decir, la caída imparable del futbol mundial algunos de cuyos miserables clímax ocurrieron en ese mundial espantoso de Corea y Japón, en la final empatada a cero de Brasil e Italia en el 94, en la Italia campeona de 2010. Es lástima, no obstante, que el libro de Horacio haya sido escrito antes del mundial 2014, porque esa historia en picada hacia el abismo hallaría una réplica, tal vez la más cruel y categórica, en el quizá más notable marcador de todos los mundiales, aquel que llegó para argumentar que, pese a tanto Blatter y tanta Televisa y tanto magnate ruso, madrileño o abudabí, el fut todavía existe: el 7–1 de Alemania a Brasil hace unas semanas. Es decir: hay que esperar el siguiente libro de Horacio, hay que seguir leyéndolo. 

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