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En los libros que he leído de Antonio Ortuño (Recursos Humanos y Fila india)  hay acción, explosiones y muerte por medio de una bomba, del fuego que consume todo a su paso con voracidad destructiva. Y el libro, (Buscador de cabezas), no está exento de ese impacto que provoca su lectura, donde la violencia es parte del sentido común, y que miramos con la misma naturalidad que a un niño comer una paleta. 

Ortuño narra la acción y el pensamiento de un periodista que decide deliberar por sí mismo, apoyándose en la negación, en la traición y en la pasión, un personaje al cual se le odia por las mismas razones por las que se le ama. Un sujeto atribulado que no encuentra en su quehacer sino una voluntad, un impulso por dejar en nuestro pensamiento una huella; para que se le vea como aquel reaccionario, como aquel ser ecuánime que piensa es, una especie de monstruo que necesitaba saldar las cuentas con aquellos que lo habían orillado a ese odio, que fue el impulso para realizar todas aquellas cosas que hizo.

En este libro se puede ver, o quiero ver, una crítica al periodismo de nota roja, al periodismo que cubre el narcotráfico, que busca más que una cabeza que dé nombre a la masacre, esas  que ruedan por las redacciones, que se suben a la red, cabezas físicas de hombres infortunados, que no entendieron o no quisieron ver la muerte a la distancia, sino que se enfrentaron a ella.

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