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Por: JR Sánchez

El diablo ha muerto y lo digo con cariño. Estuve cerca el día que se acercó a la fecha. Vino el viernes, como de costumbre lo hacemos muchos; a saludar el lugar (su oficina para él), saludar a los amigos, calentar la silla un rato. La visita fue muy breve. “Hoy, no habrá café Carmen; mejor un té y una ensalada; me he sentido mal este día, he tenido vómito”. La muerte, desprovista de piedad, impacta; y más cuando viene de un amigo cafetero, “con miel, siempre lo pedía con miel”. Una derivación extraña pero, después de todo, ¿quién de nosotros no tiene alguna vez una derivación extraña? Hoy, yo mismo lo derivo de unas notas escritas en varias servilletas Wimpy´s (las dobladas con torpeza en un triángulo imperfecto). Decido omitir su nombre por respeto. Tenía un nombre feo que perfectamente se presta a la guasa y al relajo; así que será mejor que me refiera a él así, sin nombre. Insisto, por respeto. Si empleo ese horripilante nombre, puede que la intención de mi texto derive en aspectos inapropiados que me alejen y ninguno resulte el que pretendo. Mientras, le escribo un fútil pero sentido homenaje, en el mismo sitio del café donde fui testigo de su última visita; mientras yo leía a Danilo Kis, el apartado “La marrana que devora su carnada” del libro Una tumba para Boris Davidovich. Justo ahora llega un cliente que se quedó incompleto. Un cliente inmiscuido en los trucos del hampa del “abogado”, que no alcanzó a ver fraguar las fechorías. Pero así era él ¡carajo!, un bribón con leyes y corbata.

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