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Por: Alejandra Castillo Flores

En las primeras semanas de trabajo en esta biblioteca, tuve la oportunidad de darme una idea general de los libros que tenemos, y, como siempre pasa en la curiosidad humana, hubo un libro que atrajo mi morbo por su título: Historias de mujeres malas; más que nada me interesaba saber por qué el autor –NaiefYehya–calificaba a las mujeres de malas. Aunque no leí más que dos historias, me quedé con la impresión de que precisamente eran malas porque abusaban de los hombres, subyugándolos y manejándolos a su antojo para conseguir sus fines –riqueza que se traducía en joyas, prendas de vestir lujosas, modo de vivir desahogado y promiscuo. A decir verdad me quedé decepcionada; con semejante título yo esperaba leer historias de mujeres que torturaran, mataran, arruinaran países o ciudades o tan siquiera familias, pero al parecer mi imaginación es más exaltada –y quizá más perturbada– que la de las protagonistas. Por lo tanto, me doy cuenta de que lo que Yehya considera malo en estas mujeres no es más que una prueba de los antecedentes de un feminismo erróneamente practicado. Digo erróneamente porque no creo que la “igualdad”[1] signifique sobajar a alguien, sólo por tener en la Historia mil y una pruebas de sobajamiento y sometimiento de la mujer. Supongo que la evolución humana partiría del poder rebasar el punto en que se hace menos a alguien.

 

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