• Sergio Mastretta
  • 14 Diciembre 2012
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Por: Sergio Mastretta

En diciembre del 2012 arrancó el portal Mundo Nuestro. Y uno de los primeros momentos reseñados aquí fue la pequeña insurrección de un pueblo totonaca contra la instalación en su río, el Ajajalpan, de una represa para la generación de energía eléctrica. En las próximas semanas las entregas del portal presentarán algunos ejemplos del periodismo narrativo que queremos llevar adelante. Ventajas de la memoria electrónica que permite recuperar para los lectores un año de esfuerzo. 

Cuando un pueblo totonaco salta la muralla del idioma


Ignacio Zaragoza, Olintla, Pue. Con una muralla y una profecía le cierran el paso al buldózer de Grupo México. No te damos permiso, le dicen. Y se plantan el miércoles 5 de diciembre a la entrada del caserío colgado del barranco cafetalero, en el borde oriental del río Ajajalpan al que las corporaciones privadas metidas en el negocio de la generación de electricidad quieren cortar tres veces en un trecho de cuarenta kilómetros. Tres presas, con sus túneles de conducción, sus casas de máquinas y sus subestaciones de electricidad. La última en este municipio de Olintla. Tres presas en uno de los últimos reductos del bosque mesófilo de México.


Así, esta comunidad totonaca de no más de quinientos habitantes, se planta contra Grupo México, la poderosa corporación minera, ferrocarrilera y de la construcción que encabeza el empresario Germán Larrea. Sin más, la tercera entre las más importantes compañías productoras de cobre del mundo.


Pero los campesinos cafetaleros le han dicho no. No quieren la hidroeléctrica sobre su río Ajajalpan.


“Ya nos habían dicho los tatarabuelos que iban a venir los extranjeros --me cuentan apenas el domingo que llego a su pueblo--, y ya llegaron, pero no les damos permiso”

 

1.- Saltar la muralla

 

Es un discurso elaborado, que casi se entiende por la voz de sus manos, por los interrogantes de sus inflexiones, por el énfasis de la palabra repetida, por sus silencios. La he escuchado en medio del plantón contra el paso de la máquina. Habla para todos en totonaco. Y si la muralla del idioma es inexpugnable, entiendo en los rostros de su gente que todos asumen que yo comprendo por lo menos que ella es la primera que tiene que hablar. No la distingue nada de las otras mujeres: la blusa bordada, los aretes, los collares vistosos, el cabello cano, la dentadura perdida en el tiempo y la desnutrición; sus manos en el comal echando tortillas, es una más de las que atienden el plantón del pueblo contra el paso de la máquina.


Pero toma la palabra, y no la deja en totonaco por más de diez minutos. No la interrumpe nadie, sólo ella misma, cuando decide pasar al español. Entonces se me viene encima la fortaleza que tendrá que saltar la corporación minera más grande de México en su propósito por cerrar el paso del agua en el río que no vemos ahora, que no escuchamos ahora, que está resguardado cuatrocientos metros más abajo por la selva, los maizales secos de verano y los cafetales que vinculan a este pueblo con la producción capitalista internacional. Ella tiene que hablar, y conoce muy bien los recovecos armoniosos para saltar la muralla. En un momento, la palabra empresa salta, como un pez castellano en la gravedad de la corriente de agua cristalina de la lengua indígena. Y luego el salto, como quien brinca en el río de la piedra a la orilla:


“Ni beneficio para nosotros no es…”


Y no ha saltado a la orilla, simplemente, ha cambiado de corriente, ha saltado la muralla.


“Todas no queremos esta obra que desconocemos… Habíamos desconocido, pero ahorita ya nos enteramos que nos hace daño, que hace daño para todos, no nada más para este, esta comunidad, no, se va ir cabando acabando, ¿y qué les dejamos nuestros nietos, nuestros bisnietos? Aunque sea un terrenito chiquito, aunque sea mamás un sitio para vivir… Si la persona no tienen nada de terrón, ni media hectárea, ni un cuarto de hectárea, pero se prestan o lo compró un sitio a dónde hizo su casa, va a ir a buscar, va a venir a buscar dónde le van a dar, que va a rentar para sembrar. Eso es lo que nosotros estamos pidiendo acá…”


Y luego la confirmación contundente:

“Yo no doy permiso, yo no quiero, no nada más yo, a todos esta comunidad no queremos, no queremos porque se van a acabar las plantas, se van a acabar los árboles, lo tumban, todo lo van a tumbar, y no nada más… el agua, todo todo, mira, se me van a decir, mira te voy a dar pa que siembres esto, sembrar, ¿a poco va a permanecer ahí? No permanece, se seca, por eso no queremos, contamina todo, contamina y nosotros vamos a llegar a enfermar… Es el motivo que nosotros no queremos, no sabíamos, declaro que no sabíamos, pero donde ya se han puesto, donde ya se han dejado las gentes, nos han informado, ya lo estamos viendo que no sirve, que no sirve ese trabajo… Es más ese trabajo es un pobre mi hermano rico que tiene mucho dinero, por eso quiere entrar, por eso quiere violarnos, quiere adueñar nuestra tierra, porque tenemos los cerros, porque tenemos el agua, ora nos dicen, nos dijo el ingeniero, cosa que a mí me dijo cuando le pregunté, no queremos, no vamos a tocar lo que están tomando los manantiales, no, vamos a tocar nada más el río, pero a poco estamos yendo a tomar los manantiales desde allá lejos, no, acá están, están acá mismo… Es lo que yo veo, se va a secar todo, se va a secar todo… todo, todos somos de acá… Sí, a lo mejor no horita, aquí un año, a dos años, yo creo, o vienen los años, no le va a pasar nada, yo creo que sí vamos a ver así verde, ¿pero después?, ¿pero después?. Ora sí ya van a venir su maquinaria, ¿o creen ustedes que mi comunidad se va a servir? Van a ir a trabajar…”

 


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