• Carlos Mastretta Arista
  • 14 Marzo 2013

Carlos Mastretta volvió de Italia a mediados de 1936, terminados sus estudios en mecánica y convertido en un joven ofi cial del ejército italiano. En esos meses conoció a la joven Natalia Fernández, con quien vivió un romance perfi lado en estas cartas que consignan la ruta de su regreso a Europa, en noviembre de 1937, y la ruptura con la novia mexicana al término de un año. Revelan también con detalle la incertidumbre profesional del joven méxico–italiano, oficial del ejército, escritor en ciernes e desventurado empresario, arrollado como todo aquel mundo entonces por el torbellino de la guerra inminente.

Veracruz/30 Nov/1937

Natalia de mi vida:

Hoy fue por fi n el día temido en el cual he tenido que alejarme de ti. Hoy ha sido uno de esos días en los cuales siente uno que el alma entera se cae a pedazos. No te puedes imaginar cómo lloré saliendo de la Iglesia que tantas veces fue testigo de nuestro gran amor. (...) Mañana embarcaré y esta es por lo tanto la última misiva en tierra de México.

Quiéreme siempre, no me olvides y recuerda que para mí tú eres la vida entera. No llores, porque no me gusta que llores mientras como ahora te beso, pero créeme que volveré para recoger con besos ardientes las lágrimas que por mi causa ahora viertes.

Te besa y te quiere infinitamente

Carlo

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A bordo del “Iberia”

2 de Diciembre de 1937

Natalia:

Ayer a las seis de la tarde el barco abandonó Veracruz llevando a bordo a un pobre hombre que sufría lo indecible.

Ese hombre era yo, Natalia. En estos últimos días me he convencido de que tú y nadie más que tú puede hacer de mí lo que quiera. (...) ¿Por qué, tú y yo, que tanto nos queremos, hemos sido castigados así por el destino de este modo? (...) Sufro mucho, Natalia, pero estoy firmemente convencido de que vendré por ti aunque tenga que levantar el mundo entero con un dedo sólo. (...) Este sacrificio traerá consigo un día una dicha incomparable.

Carlo

A bordo del “Iberia”

5 de Diciembre de 1937

Natalia:

El barco ha tomado definitivamente el rumbo de Europa, después de una pocas horas en La Habana, abandonando América, continente en el cual dejo mi vida, mis ilusiones, mis esperanzas, mi amor. (...) Para mi alma el momento más triste lo constituye la mañana al despertar. Antes yo me despertaba lleno de alegría, porque en aquellas horas felices tú me esperabas en el Paseo de las siete: ¿Recuerdas?

Carlo

57

A bordo del “Iberia”

17 de diciembre de 1937

Natalia:

Ayer a las once de la noche llegó el barco a Lisboa, y después de una breve permanencia de sólo dos horas salió rumbo a Inglaterra. (...) Estas cartas serán las primeras letras que recibirás el próximo año 1938. este año será para ti y para mí un año muy duro, será el año del sacrificio, el año de la dura prueba. Lo único que para mí deseo es que Dios me permita regresar a casarme contigo, en el próximo invierno de 1938–1939. (...) Tengo frente a mí tu fotografía. No sé qué decirte. Siento que una lágrima se desliza lentamente por una mejilla. Es una lágrima más en la historia de nuestra pasión. Cuántas más vendrán aún.

Ahora son lágrimas de tristeza. Mañana serán de inmensa felicidad. (...) Lloro y tengo veinticinco años. Bendita seas

Natalia...

Carlo

 

A bordo del “Iberia”

19 de Diciembre de 1937

Natalia:

Mi único sueño es que yo sea para ti lo que tú eres para mí, aunque yo no haya sido quizás sino un pobre hombre junto a una grande e incomparable criatura, que merece mejor suerte que no la de unir sus destinos a un hombre como yo. Aunque desde que tu amor puro y grande ilumina las tinieblas del turbio sendero de mi vida, tú no te puedes imaginar qué cambio radical se ha efectuado en mí. Al escéptico se ha substituido el creyente. Al descaminado, el hombre sensato. Hay momentos en mi vida en que me siento bueno. ¡Yo bueno...! (...)

De Lisboa a Inglaterra hemos tenido un tiempo magnífico, cosa rarísima en estos tiempos. Lo único es que hace un frío enorme, y yo ya había perdido la costumbre. Dentro de una horas desembarcaré en Francia y mañana llegaré a Milán. Quiéreme siempre. (...)

Carlo

58

Milán 26/Dic/XV1

Natalia:

El tiempo es inexorable. Ayer mientras en Stradella visité la tumba de mi familia, constaté que tres de las personas que yo dejé ahora reposan en el cementerio de la risueña población alpina.

Stradella es una pequeña villa de doce mil habitantes, situada orillas del majestuoso Po y en las estribaciones de los Alpes. Sus colinas verdes y tranquilas, su castillo situado en el punto más alto de la villa y desde el cual se domina toda la llanura lombarda, que en un tiempo fuera el campo de batalla de todas las guerras, hacen de ella un lugar atractivo y tranquilo visitado por muchos turistas.

Es un lugar encantador en verano y en primavera, pero su apogeo es en otoño, cuando se recoge la uva y se fabrica el vino. Porque toda la agricultura de la comarca consiste en el cultivo de la parra y por consiguiente en la fabricación del vino, que es de los más famosos en toda Italia. Te describo detalladamente todo para que te forjes una idea aproximada del lugarejo. Para transferirme desde Milán, me prestaron una pequeña cafetera o automóvil Fiat, que no corre más de ochenta kilómetros por hora, y en la cual pruebas la sensación de haber regresado a tus años infantiles y de tripular un cochecito de pedales. No obstante, en menos de una hora recorrí los sesenta kilómetros de carretera y llegué a Stradella a la hora de Misa solemne que es a las diez. Grande sorpresa causó mi presencia en ese lugar y no te puedo describir la cantidad de abrazos que recibí de todos y la cantidad de invitaciones a comer que todos  me hacían. Nuestra familia es muy conocida y apreciada y por consiguiente no te maravillas de tanta efusividad. La comida de navidad fue espléndida y los brindis frecuentísimos, hasta que por fi n a eso de las cuatro y media me libré de todos y me fui a la casa donde encendí la chimenea y concentré mi pensamiento en ti. A media comida, o sea a las dos, me levanté y pedí un brindis por la mujer más linda y encantadora de la tierra. Te besé apasionadamente. No sé cuánto tiempo permanecí en el sillón frente a la chimenea. Sólo sé que las campañas de la torre de la iglesia sonaban horas breves. He escrito frente a esa chimenea en mi diario páginas sacadas de lo más profundo de mi colorante corazón. Algún día, tú y yo, las leeremos sentados frente a otra chimenea. Yo las escribí pensando en lo más profundo y apasionado de tu amor.

Carlo

 

Milán, 31 de Diciembre de 1937

Natalia:

Quiero que mi último pensamiento de este año, que quedará impreso en mi vida con fuego, sea para ti.

(...) Para ti, que con ese amor me diste el ansia sublime de vivir y amar. (...) Cuántos recuerdos y cuánta dulzura deja mi alma este año: Enero, te ve veía y a las 2 y media en el Paseo, después de que el día 18 hablamos tres horas por la tarde en el Zocalo. (...) Febrero, me acompañabas hasta el despacho, yo siempre enamorado, tu siempre encantadoramente pícara. (...) Marzo, ¿recuerdas ese día diez? ¡cuántos sueños y cuántas ilusiones! Abril y mayo pasaron rápidos, como una sinfonía primaveral y amorosa. Anduvimos solos por todas partes. Después en junio empezaron los nubarrones. (...) El destino estaba en acecho. Vino tu viaje a la Hacienda en Todos los Santos, y la carta de Italia.

Vino noviembre, con su bruma y su tristeza y cuántas hojas

se llevó del árbol de nuestro incomparable amor. (...) 60 Milán, 1 de enero de 1938. He levantado yo también mi copa para brindar por ti y por nuestro amor.

Carlo

 

Milán, Martes 18/Ene/1938.–XVI

Mi carta de hoy será una carta triste y llena de melancolía. Leo lo siguiente en mi diario: “Hoy, 18 de enero de 1937, lunes, Natalia y yo, hablamos solos, de nosotros, del amor, de nuestra vida, en el Zócalo. Yo la quiero hasta el delirio.

Ella también comienza a quererme. Lo leí en una mirada.

Pero sé que no me la merezco. Parece un sueño, y es la realidad. Hoy ha sido el día más feliz y emotivo de toda mi vida.” (...)

Carlo

 


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