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Trato de imaginarme caminando por algún mercado, cualquier mercado. Visualizo mercados de hace 800, 500 ó 100 años. Ruidosos, multitudinarios, al aire libre si nos remontamos muchos siglos, dentro de recintos y galerones conforme nos acercamos al presente. Gente y mercancías en el intercambio vital que ha acompañado a nuestras civilizaciones.

 

No cabe duda que ir a un mercado es una experiencia bastante rica, sobre todo si se mantiene el foco en lo auténtico y profundo de estos lugares de actividad ancestral.

 

Hoy en día los mercados siguen siendo bastante como en mi infancia; medio sucios, medio caóticos, medio viejos, medio encantadores. Tal vez los mercados no son algo que deba cambiar y por eso siguen igual. Sin embargo, otro tipo de mercados privados, los “super” mercados, han ganado mucho terreno en la competencia citadina y tal vez sea momento de preguntarnos si puede haber una mejor versión, más ecológica, más justa y funcional e incluso, por qué no, más bella de nuestros mercados.

 

En esta era revolucionaria que nos aqueja y acompaña, hacer las cosas bien es indispensable, así como seguir preguntándonos todo el tiempo cómo hacerlas mejor. A más de un año de su creación, el Mercado Roma en la Ciudad de México es un gran ejemplo de lo que podemos lograr cuando queremos hacer las cosas bien.

 

Principalmente es un mercado gastronómico con una espectacular oferta de comida y bebida, con algunos establecimientos de mercancías y materias primas. Enclavado en la zona más “hip” del D.F., sus creadores recuperaron un espacio para llenarlo de cosas ricas y vistosas, pero con la clara intención de hacerlo lo mejor posible y así dar forma a una experiencia interesante y memorable.

 

Arquitectura, diseño, propuestas culinarias originales de gran calidad y diversas marcas reviven la lógica de los mercados con algo que llama mucho la atención de chilangos y visitantes. Un negocio al que sus atributos le han dado una buena oportunidad en el competido entorno defeño, brindando una gran opción a nómadas hambrientos de cosas diferentes y sabrosas.

 

Su éxito redunda en una de sus más criticadas deficiencias, la cantidad de gente en un espacio que inevitablemente resulta insuficiente, como casi todo en la ciudad de México. Ir en fin de semana complica un poco más el disfrute del Mercado Roma, pero si aceptamos que un lugar así, lleno de gente, es parte de su naturaleza como mercado, la experiencia se salva con creces.

 

Buena comida y buena bebida en un lugar original que se atrevió a hacer las cosas mejor. Tristemente en Puebla ocurrió un esfuerzo en el mismo sentido con el Mercado de Sabores, esfuerzo a cargo de organismos públicos, cuyos funcionarios fracasaron en hacer las cosas bien, en el remoto caso de que lo hayan siquiera intentado. El resultado es por demás desastroso, costoso e inútil.

 

La realidad es que recuperar los mercados para llevarlos a un nuevo nivel, acorde a las exigencias de los tiempos, es un tema pendiente. Trato de imaginarme caminando por algún mercado 5, 20 ó 50 años en el futuro. Mercados que lograron conservarse auténticos y hermosos, que lograron consolidarse como espacios de intercambio, no sólo de bienes sino de experiencias. Espacios comunitarios donde cualquiera puede ofrecer y recibir sus productos, pero donde también es posible encontrar esparcimiento y comunión social. Cuya riqueza cultural detona turismo y prosperidad. Donde además de materias primas hay valor agregado y donde la creatividad es parte de la ecuación. Mercados donde los marchantes dejaron de simplemente repetirse y repetir el pasado. Imagino espacios donde cada puesto y tenderete propone y compite con el evidente esfuerzo por ser más ecológicos, justos, higiénicos y brindar no sólo objetos sino experiencias memorables. Mercados de personas haciendo las cosas mejor.