".$creditoFoto."
Patios ferrocarrileros en Nonoalco

(Segunda parte)

 

            Con el fajín de Campeón de Ramírez, aumentó el respeto de los chorreados para aquél que lo había entrenado en Buenavista, en la sección de básculas. Lo respetaban para que de vez en cuando saliera al quite, les “hiciera el paro”.

            Además, ya a principios de los cuarentas, él participaba del lado del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana. Los trabajadores, más que nuevas conquistas, buscaban mantener lo ganado: evitar el desempleo y la baja de salarios. El sindicato hacía asambleas semanales y mensuales. Y en las más importantes, para garantizar —de alguna manera— el voto y la asistencia, organizaba peleas de box con amateurs, a cuatro y seis rounds. Él, junto con Raimundo Flores, entrenaba en la Casa Redonda a los aficionados. Airistascontra fogoneros, colillascontra mayordomos, conductores contra maquinistas. Las mejores eran entre conductores y maquinistas; los primeros son los que mandan en el tren, pero el maquinista gana más. Dejaban allí, en el cuadrilátero improvisado por sindicato, las costillas. Por lo demás, a él, los cambios de las camarillas sindicales le eran indiferentes. Cada vez, señalaba, eran peores las condiciones de trabajo de los del riel. 

La ciudad de México en los años treinta.


La estación de Buenavista, en la ciudad de México.

Patios y talleres ferrocarrileros y siderúrgica “La Consolidada”, en Santiago Tlatelco. Archivo Histórico Fundación ICA, tomado del blog http://vivirtlatelolco.blogspot.mx/

 

            Los patios gigantescos, interminables. Con su taller mecánico, el de reparaciones ligeras, los departamentos de vía, la Casa Redonda. Y allí, a un lado de la Casa Redonda —la media luna donde se hacían las reparaciones ligeras a las máquinas de vapor que entraban por una y otra vía—, seguía existiendo la arenita de Nonoalco. La famosa, por su ring hecho con unas cuantas tablas, los mecates amarrados sin regla. La pequeña arena con sus jueces elegidos al azar, allí mismo. La arena donde él, al igual que Cecilio Lozada, Pancho Rosales, Luis Morales y el Cuyo Hernández, hicieron sus pininos. “Yo no me sonaba por ganar fierros. Nomás me gustaba rajarme la maceta a lo macho y ya. El box no dejaba polainas. No dejaba ni madres. ‘Quién sube, quién sube’, gritaba el juez. Y se subían dos valientes a dejar allí, en las mendigas tablitas, las costillas rotas. Y qué. No había peso ni medida. Nomás con que estuvieran de tu vuelo.  Y ya. Fue a mediados, a finales de los años veinte. Por amor al trompo. Allí mismo alquilaban los tenis y los calzoncillos de baño. Ni modo de no pagarlos si perdías. No había que perder. Estaba allí nomás de mirón, calando los golpes, y me encandilaron a subirme. Era el gallito de mi cuadra. El Puño de Oro de Camelia, eso decían. No sé. ‘Quién sube, quién sube’, empezaron a gritar y me trepé. Me aventaron a un tal Togo Pérez. Era chaparro como tapón, pero diez kilos mayor que yo. Valí madre. Me fui a la lona, a las tablitas, en el primer round. Los guantes los traía sin gasa, todos guangos. Alquilaban cara la gasa. Más bien la vendían. Yo no llevaba monedas, qué iba a llevar. Nomás íbamos mi carnal y yo. No pude escurrirle el bulto al Togo. Cómo iba a poder. Fue la primera vez que me puse los guantes. No sabía yo qué. Me quedé tirado en las tablitas, nomás agarrado de  uno de los mecates.  Y la Murga —orquestita de violín, trombón, ballo y sartereo— toque y toque ‘Adolorido, adolorido del corazón…’. Nomás no me levantaba de la pena. El público favoreció al contrario con quintos. Me decían que me parara. Que le diera chance a otros. Que ya no le hiciera a la mamada. Y a mí que ya no me dolía en chingadazo y no me alzaba nomás de purita vergüenza. Digo, era el Puño de Oro de Camelia. Así me decían. Pero aprendí. Me valió madres la toletiza. Aprendí. Seguí con lo del trompo. Ya ve. Hasta la Arena Nacional, hasta el Toreo en 1932. Los pesos completos como el Gorila Ramos, el Ray Macías, se zurraron conmigo. El público, como siempre. Sólo un leve murmullo, atrás, en la espalda. Los ojos siempre en la mirada del contrario. Daba lo mismo en una arenita o en la Nacional. Había que acabar de pie y no sonarse nomás por los fierros. Al Cuyo, al Morales, al Pancho Rosales, a esos también les dieron en la arenita de Nonoalco. El Pancho España fue el que se sonó a Morales. Al Cuyo le dieron muchos. Sólo recuerdo a uno que le decían El Burro. No era tonto. Se sonó al Cuyo. Mejor se metió de cubetero. Pacho Rosales, ese sí era abusado. Se enchuecó poco las narices. No servía pal cuadrito. Se metió de manager junto con Morales. No había contratos del peleador con el manager. Todo era cosa de tú y yo y sale. Dejó escuela el Rosales. Así como Morales con el Cuyo. Por aí de 1943 hizo mancuerna con Roberto Jiménez; y Jiménez se convirtió en manejador de sus confianzas. Eso dicen. Yo creo que sí. Tardó más que el Cuyo pero después manejó a los buenos. Al Ratón Macías, al Baby Vázquez, esos fueron de él”. 


El “Puño de Oro de Camelia”


La arenita de Nonoalco, junto a la Casa Redonda, la arena que ahora —ya en 1948— le parecía ajena, extraña. Estaba ya en manos de particulares. No de los rieleros que la habían acondicionado poco a poco, con las tablas del taller y los mecates para detener el flete. Ni el Partido Nacional Revolucionario (PNR), ni las pulquerías premiaban ahora a los boxeadores. En 1946 el partido del gobierno se había transformado en el Partido Revolucionario Institucional (PRI).  Desde las pulcatas el Lococón, el Día y la Noche, adornadas con aserrín y papeles de colores, ya no sonaban los cuetones para premiar a los pugilistas. Ya no se repartían “macetas, melones, tornillos de pulque”, después de las peleas estrellas en las arenas del barrio. Y en las fondas y “piqueras” cercanas a la arenita de Nonoalco, ya no regalaban chicharrón y tacos de tripa, nomás por el gusto de ser barrio bravo. Allí junto a la Casa Redonda.



Talleristas ferrocarrileros en los años veinte.

 

Todo había empezado en los patios del ferrocarril, en la Casa Redonda, en Nonoalco. Allí, donde ahora, en 1948, se paseaba la policía montada. Díaz de León asumía el poder del Sindicato Ferrocarrilero de la República Mexicana, apoyado por el gobierno. No habría aumento salarial. Las máquinas diesel empezarían a desplazar a las de vapor. Las necesidades económicas del país, las mismas rutas del tren, eran otras. Habría reajustes. Manuel Alemán Valdés, el Obrero de la Patria, hacía gala de la represión. Todo, por el futuro industrial de México. “Yo andaba de conductor. Hacía apenas un año que me habían ascendido. Fue después de la guerra. Durante la guerra, los garroteros de camino, trabajábamos setenta y cinco y ochenta horas sin dormir. Siempre arriba del furgón, pasara lo que pasara. Cuando llovía usábamos la columna vertebral como tubo de desagüe. Fue después de la guerra cuando me ascendieron a conductor. Y cuando los de la Fraternidad  pidieron la unidad de los trabajadores y el aumento de salarios. Creo Valentín Campa era el presidente. Yo estaba en la ruta Cuernavaca-Balsas. Me pidieron que firmara una carta, para pedir aumento de salario. Tenían razón, pedían lo justo, la firmé. Cuando llegué a los patios, vi por todas partes de los de la montada, a los de vigilancia. No abrí el pico. No entendía nada”. Cuando llegó a su casa, su mujer estaba llorando: el día anterior había llegado su notificación de despido. 



Taller de maquinado en Ferrocarriles Nacionales de México.

 

Se fue a la Sección Quince del sindicato, en la calle de Camelia. Encontró a golpeadores en lugar de representantes sindicales. “Entonces sí, me encabroné. Me agarré a puño limpio, de un jalón, contra ocho o diez. No sé a cuántos dejé tirados en su salsa, chorreando sangre. Luego, ya no se pudo. Alguien me amenazó con una siete milímetros”. Parecía mentira. Se acordó entonces, no pudo evitarlo, de aquel colega suyo, uno de tantos con los que se había iniciado en el box. Se acordó de Félix Ruiz Aquino. Un muchacho que en 1928 —cuando todos empezaban a hacer primeros pininos de deportistas—, se había noqueado en el Gimnasio Internacional de Tacuba a uno de tantos estudiantes de leyes, de la escuela de Donceles. “Hubiera querido ver aquí al R. Aquino, al guey ese que se noqueó en el Internacional a Miguel Alemán. Lo hubiera querido ver al guey, en la Sección Quince, peleándose a puño limpio contra una siete milímetros”. Pero ya qué. Era tarde. Para entonces, Miguel Alemán le había regalado ya, a Ruiz Aquino, una placa de bronce reconociéndolo como pugilista y un Ford Victoria traído de los Estados Unidos. Y qué. Eso era lo de menos. Empezaron los accidentes. Cargadores y gelatineros manejaban las máquinas. Hubo muertos. El trabajo no salía. Los trenes se descarrilaban. Los cabarets, las cantinas, las piqueras, cercanas a Nonoalco, se llenaron de chorreados. Estaban allí de día y de noche, esperando. Habría reajustes. Las máquinas diesel ya no necesitaban ni fogoneros ni caldereros ni macheteros ni paileros. No necesitaban de muchos trabajadores del taller y de la Casa Redonda. Ya no era útil el silbido de la máquina de vapor; aquél que se oía cuando los antiguos despertaban de sus ruinas para bombardear a pedradas la iglesia de Tlatelolco. Continuaban los accidentes. Se abrían nuevas especialidades, sobre todo para electricistas. Los motores serían otros. Los ferrocarrileros, sin las máquinas de vapor, sucias de petróleo, carbón, polvo del camino, dejarían de ser los chorreados. Algunos trabajadores, además, dejarían de ser ferrocarrileros. Díaz de León anunció que sólo reinstalaría a los trabajadores que se retractaran de La Fraternidad de Tenistas Ferrocarrileros Mexicanos y se unieran a él. Encarcelaron a Campa. En los patios de Nonoalco se reducirían los rieles de vía angosta, crecerían los de vía ancha. Algunos mayordomos, de las máquinas de vapor, tendrían que empezar como colillas de las locomotoras diesel. Más de un viejo tallerista, en la incertidumbre, se aventó del puente de Nonoalco. Las pulquerías y piqueras cercanas a los patios se llenaron, de día y de noche, de chorreados, esperando.

 

Por lo pronto, su mujer, María de Lourdes —con la duda de sí lo reinstalarían o no—, pensando ante todo en sus seis hijos, vendió la bata de seda y los zapatos de piel. También intentó vender los guantes, pero no pudo: en parte porque no se atrevió a decir que eran de Luis Alvarado. El popular zurdo de la Época de Oro. El joven que en tres cortos años de boxeo profesional había vencido a grandes pugilistas de categoría. A Carlos Pavón, Portela, Benny Díaz, Relámpago-Sagüero, Ray Macías, Gorila Ramos, Martín Barboteau, Manuel Luna, Luis Arizona, Ramón Bustamante, y muchos otros. El muchacho del rostro sin huellas, siempre de pie. El primer lugar, durante dos años, debajo de Alfredo Gaona, campeón nacional de Pesos Medios, y de Kid Azteca, campeón Welter, como bien señaló la revista El Ring en 1935. Y no logró vender los guantes, además, porque ya se usaban de seis onzas y no de tres.

María de Lourdes volvió a guardar los guantes en el baúl.

 

La huelga ferrocarrilera en 1959.

 

P. S. Una historia como la de Luis Alvarado siempre tendrá o admitirá anexos, porque también es la historia de varios, o porque en ella entran no una sino varias historias. Las conclusiones, digamos, son inútiles aquí. Quiso el azar, por ejemplo, que el mismo sábado 14 de mayo de 1983, murieran Miguel Alemán Valdés y el Tío Jiménez, Roberto Jiménez; uno, siendo ex presidente de México, y el otro dirigiendo al hijo de Cuyo Hernández en la Arena Coliseo. Este es un ejemplo. Al Tío Jiménez lo sembró una bala en la lona. La muerte de  Miguel Alemán en cambio fue motivo de luto nacional.

            Otro ejemplo puede ser las palabras del Zurdo Alvarado; las que me dijo al conocerlo:

            No señorita, yo no tengo nada que platicarle. A las mujeres no les gusta el box; a las mujeres les gustan los boxeadores y yo ya estoy viejo para esas cosas.

 

                                               Glosario

Del mundo del box:

Amateurs- boxeadores no profesionales (sin pago), novatos, generalmente los combates que realizan son de cuatro asaltos y dos minutos cada uno.

Clinch-remache, abrazo.

Cubetero-responsable de llevarle el agua a los boxeadores y de tirarles la toalla en caso necesario.

Decisión- La victoria por decisión técnica (V.D.T), se otorga cuando  a partir del inicio del quinto asalto, se produce una herida o lesión por golpe regular que impide la continuación del combate de alguno de los púgiles. En ese caso se suman las puntuaciones incluyendo la del asalto en curso y se decreta la victoria por decisión técnica al que haya alcanzado mayor puntuación. 

Foul- Falta.

Jab-golpe recto, directo, para mantener distancia.

Match- Partido, encuentro.

Matchmaker-persona encargada de organizar los combates entre los boxeadores, que a menudo trabaja bajo la supervisión de un promotor. Es el responsable de  llevar los registros de los enfrentamientos boxísticos y de organizar peleas con opositores parejos. Su trabajo consiste en crear enfrentamientos interesantes. 

Manager-Representante de los boxeadores a nivel profesional.

Onza-Unidad de medida de masa usada por los romanos y utilizada en el box para los guantes: Equivale a 28,349 gramos. Actualmente el peso de los guantes para peleas profesionales es de 8 onzas, para boxeadores de Peso Paja (menos de 47,627kgm)  a Welter (66,678kgm); y de 10 onzas de peso Super-Welter (69,853kgm) a Peso completo ( 86,183kgm).   

Punch-puñetazo de boxeo.

Knock-out (V.K.O)- La victoria por Knock-out se concede cuando un boxeador es derribado y no puede seguir la pelea transcurrida la cuenta de diez segundos si está sobre el entarimado del ring o veinte segundos si está fuera del entarimado. Su adversario será declarado vencedor por K.O.

Knock-out técnico (V.K.O. T)- Cuando el árbitro detiene el combate por inferioridad técnica o física de uno de los boxeadores; cuando un mismo boxeador recibe 3 cuentas por caídas en un asalto; cuando un entrenador lanza la toalla o esponja, mientras el árbitro está efectuando una cuenta por caída; cuando el árbitro detiene el combate por herida o lesión de uno de los boxeadores.

Referee-árbitro de la pelea.

Ringsaide-Primera fila donde generalmente se sientan los jueces.

Round- Encuentro o asalto, duran tres minutos con uno de descanso entre uno y otro. Normalmente una pelea profesional cuenta con 10 o 12 rounds.

Second-ayudante del manager o el segundo del manager.

Sheikh-Jeque, rey, seductor.

Tirar la toalla-cuando un entrenador desea retirar voluntariamente a su púgil del combate, por las razones que sean, lanzará la toalla o esponja de forma que sea visto por el árbitro para que suspenda la pelea.   

Toma y daca-un golpe tras otro.

Upper- gancho, golpe muy cercano al oponente con el objetivo de golpearlo en el mentón desde abajo hacia arriba, con el antebrazo casi paralelo al cuerpo del oponente.

 

Del lenguaje del barrio:

Cábula-ardid, trampa, treta. Se dice de personas tramposas o doble cara.

Colgar los tenis-morirse.

Chingere-cualquier bebida embriagante, fundamentalmente aguardiente.

Chorreado-Término coloquial con el que se conocía a los trabajadores ferrocarrileros de la época del vapor, porque normalmente se chorreaban o ensuciaban en el trabajo por el uso del carbón y la grasa.

Fotingo-Carro Ford.

Gallitos- Referencia despectiva a muchachos que se consideraban así mismos o por su gente muy valientes.

Hacer el paro-Ayudar a alguien en una situación complicada.

Hasta con la cubeta-Alegoría a pelar con todo.

Melones, macetas y tornillos: medidas que corresponden a los contenedores de pulque y que hacen referencia justamente al tamaño del recipiente en relación a las formas mencionadas.

Piqueras-estanquillos donde se vendía aguardiente

Polainas-bota o prenda de abrigo para proteger la pierna, signo de distinción. Se usaba también como sinónimo de tener dinero. 

Pulcatas-Pulquerías.

Rentoy-Popular juego de barajas entre dos equipos de dos jugadores, cuyo ganador es el que llegue primero a los doce puntos.

Romperse la maceta- sinónimo de romperse la madre o pelar hasta el final.

Salir al quite-Ayudar, quitar al otro que está molestando.

Sereno-persona que se encargaba de vigilar las calles de los pueblos y regular la iluminación de las mismas en horario nocturno.

Sesenta y nueve (69)- Nombre coloquial al sexo oral invertido entre una pareja.

Tira-Policía.

Tocada de trompeta-referencia vulgar del sexo oral de una sola persona (hombre o mujer) hacia otro hombre.

 

Del lenguaje ferroviario:

Airistas- Responsables del sistema de aire para el frenado de la locomotora.

Caldereros-categoría de trabajo dentro del taller, responsable de la limpieza de la caldera.

Casa Redonda-Unidad de trabajo dentro del taller, en forma de semicírculo, que cuenta con una mesa giratoria, a través de la cual las locomotoras son trasladadas para su reparación en los diversos departamentos del taller.

Colilla-Ayudante o aprendiz de los trabajadores ferrocarrileros, sin salario.

Conductor de tren-Máxima autoridad del tren responsable de la tripulación del mismo (maquinista garrotero, fogonero), y de que dicho tren llegue con bien a su destino.

Cortar los cambios-Movimiento para hacer pasar los trenes de una vía a otra.

Especialidad de Transportes- Responsable del movimiento de los trenes.

Fogonero-Responsable de alimentar con combustible la caldera de la locomotora.

Garrotero de camino-Responsable de la aplicación de los frenos del tren en el camino, inicialmente con el método del garrote.

Garrotero de patio- Responsable de la aplicación de los frenos del tren en el servicio de patio.

Macheteros-Cargadores de los furgones.

Maquinista-Responsable del manejo de la locomotora.

Mayordomo-Jefatura de especialidad en talleres y vía.

Paileros-Especialidad de trabajo en el taller, responsable de las reparaciones metálicas de carros y calderas.

Talleristas-Conjunto de trabajadores responsables de la reparación de la Fuerza Motriz.

Vía ancha-Utilizada para el tráfico pesado y las largas distancias. Mide: 1.45 metros de ancho.

Vía angosta-Utilizada para el tráfico ligero, escapes o zonas montañosas.