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Son las tres de la mañana y de repente salgo de mi sueño y me siento en la cama como si hubiera tirado de mí un hilo que mueve una mano invisible.

"Al sonar las tres de la mañana, los muñecos se paran a bailar...  La casa está dormida y nadie los vera..." Así decía una canción infantil que era de mis favoritas. ¿Somos muñecos movidos al capricho de algo desconocido? ¿Qué despierta a los muñecos de la canción? ¿Las tres campanadas de un reloj que suena? ¿Qué me despierta a mí? ¿Un exacto reloj interno o el ruidoso silencio de la casa? ¿O es la  rotunda luz de la luna llena que tiñe de plateado los pisos y los muros de la casa? Por debajo de la puerta veo otra luz remota y dorada. Alguien dejó prendida una lámpara. Me levanto y camino por el pasillo en penumbra hacia la sala iluminada. En el camino me topo con los ojos de la pintura de un niño que fue hermano de mi abuelo y que murió a los siete años. Me mira desde la profundidad de unos ojos parecidos a los de mi familia: negros, raros. Su boquita pequeña es indescifrable pues no sabes si después de mirarla se reirá o llorará. Siempre me atrajo esa pintura que estaba colgada en la sala de mis abuelos junto a retratos de gente muy vieja. Siempre hubo un lazo entre ese niño solitario y yo. Siempre quise llevarlo donde hubiera otros niños. Tan existió ese lazo que ahora la pintura vino a dar a mi casa después de varias vueltas por los armarios de otros; luego pasó a una feliz estancia a casa de mi madre, presidiendo los juegos de los niños nuestros. Cuando de esa casa se fue su dueña para siempre y con ella la última niña que jugara en ella, la pintura vino a dar conmigo de manera milagrosa pero esperada. ¿Nos buscamos a través de los tiempos ese niño y yo? ¿Nos conocimos? En medio de la noche los muñecos pensamos tonterías, no nos paramos a bailar, sino a alucinar. A mi nuera le da miedo ese cuadro porque el niño al que representa se murió siendo niño, no vivió la vida. Pero hay quienes viven cien años y tampoco la viven y en cambio puede haber quien en siete vive veinte vidas largas. El tiempo no existe. Es un invento humano. Los perros viven en el hoy. Por eso se entristecen si los encierran, porque creen que es para siempre, porque no existe para ellos el mañana.

En este momento soy un perro cautivo. La luz fría de la luna y la penumbra de los sueños entra por el tragaluz del patio llenándolo de irrealidad. Me vuelvo a parar frente al retrato de mi tío- abuelo- niño: ¿Estoy dentro de su mundo o él ha salido al mío? Somos dos fantasmas flotando en la noche, tomados de la mano, sin edad, sin futuro, sin pasado, solo movidos por la mano misteriosa que mueve a los fantasmas y a los muñecos desordenados que salen a vagar a la luz de la luna. ¿Por qué, si no, ando vagando ahora por la casa, sin sueño, como el fantasma que algún día seré?