• Armando Pliego Ishikawa
  • 13 Noviembre 2014
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“No le temamos al río”, dirá en un rato Ángeles Mastretta. Ahora estoy a un paso de él, con los mosquitos que arrecian y el sol que calienta el hedor del agua que corre espesa y muerta por el hecho simple de que arrastra nuestra enorme capacidad de aniquilar el medio ambiente.

No temerle, imaginarlo distinto, vaya tarea se han dado los que quieren darle la cara al río.

 

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Cuando las balsas de un rechinante color amarillo llegaron a la orilla del río Atoyac, decenas de personas esperábamos ansiosas por saber quiénes venían a bordo. Nos amontonábamos tras la valla humana que se había formado por seguridad, a un par de metros del agua. ¿Qué personajes de la iniciativa privada y de los distintos niveles de gobierno habrían estado dispuestos a navegar en uno de los ríos más contaminados de México? Muchos especulaban. “Seguro Moreno Valle no mandó a nadie”, escuché decir a uno de los fotorreporteros que se encontraban a mi lado. “Escuché que de aquí venía un diputado”, mencionó su compañero. Mientras bajaban de las balsas y saludaban, se iban descubriendo, uno por uno, los que habrían de comprometerse a emprender acciones para regenerar al Atoyac.

La mañana del domingo transcurría como todas las mañanas en el Parque Metropolitano de la reserva territorial Atlixcáyotl. El cielo estaba despejado, luego de una intensa lluvia la tarde anterior. Familias con la pertinente parafernalia deportiva corrían por la pista, paseaban a sus mascotas o circulaban en bicicletas.

Caminaba desde el Módulo de Información del Río, siguiendo el cauce del Atoyac hacia el sur, rumbo al Paseo del Río. Al llegar, en vez de bajar hacia el claro, decidí salir hacia el estacionamiento que se encuentra a un lado de Cúmulo de Virgo, pues supuse que dada la naturaleza del evento que habría de acontecer, valdría la pena ver qué automóviles habían.

Las sospechas se confirmaron al ver una larga fila de automóviles con distintivos gubernamentales. “CONAFOR”, “CONAGUA”, “Secretaría de Medio Ambiente y Sustentabilidad”, “Ayuntamiento de Puebla”, eran sólo algunos de los logos que estaban pegados en una veintena de vehículos, desde pequeños coches biplaza, hasta grandes camionetas pickup.

Era momento de entrar, y conforme me acercaba veía grandes grupos de personas con gorras y chalecos distintivos de las diversas secretarías de las que provenían. Estaban representando a sus dependencias, que hacían presencia en la Navegación por el Atoyac, en la que habría de participar alguno de sus superiores. A mí lado caminaba una señora que tenía colgada en el cuello una cartulina que decía “Es hora de limpiar el Atoyac”.

Los uniformados se paseaban por un puñado de carpas blancas, donde se ofertaban distintos productos. En algunas vendían playeras y botellas para transportar agua, con motivo de recaudar fondos para Dale La Cara al Atoyac, los responsables del evento; en otras, las organizaciones y empresas que respaldan a la asociación vendían comida y bebidas, y ofrecían otros productos; y en otras los propios funcionarios compartían información sobre las labores de sus instituciones.

Bajo la sombra de los árboles algunas familias, acompañadas de sus mascotas, preparaban sus manteles y hieleras para el picnic que tendría lugar más adelante. Los perros corrían entre las personas, y los niños se perseguían unos a otros, y también corrían alrededor de una botarga en forma de gota que venía con la Comisión Nacional del Agua. La divertida mascota saludaba y bailaba en la medida en que el traje se lo permitía.

Entre el río y el público se erige un escenario, donde hay personal técnico montando bocinas, monitores e instrumentos musicales. Se escuchan pruebas de sonido, y en el fondo una serie de proyecciones con imágenes del río se repite una y otra vez.

 

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Repentinamente el sonido se apaga, y se escucha una voz femenina que llama a la gente a congregarse frente al escenario. Se trata de una mujer de canas que se encuentra descalza sobre el pasto, levantando una copa con incienso.

La mujer va acompañada de otra mujer notoriamente más joven, así como de un hombre alto, con barba larga. Las ropas de las mujeres no son comunes; la vestimenta de la mujer mayor parece de origen folclórico, pero no puedo identificarlo. Las mujeres y el varón se van turnando al hablar, haciendo distintos llamados a la naturaleza hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales, seguidos de un fuerte soplido de una caracola.

Esta breve ceremonia previa al inicio del evento concluye con un baile y un canto. Las personas entre el público se tomaron de las manos y crearon un espiral mientras cantaban al río “El río está creciendo, fluyendo y creciendo”.

El ambiente se reestableció pronto, sin embargo pasaron pocos minutos antes de que los ánimos volvieran a acelerarse. Eran las 11 de la mañana.

 

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El equipo de voluntarios de Dale La Cara se juntó a un lado del escenario, y entre todos crearon un muro de personas. Era El momento. Las balsas con los atoyaqueros –dícese de aquellos que navegan el Atoyac– a bordo estaban a punto de llegar, así que al percatarnos del movimiento del personal de la organización del evento, varios nos precipitamos hacia la valla de voluntarios.

Entre más me acerco a la orilla más penetrante encuentro el hedor que se desprende de las aguas. Veo que flotando hay mucha espuma, como de jabón. El agua es oscura y es difícil, por no decir imposible, ver a través de ella.

Los que vamos armados con cámaras nos ponemos justo frente al staff, que se encuentra a unos tres o cuatro metros del borde. Justo allí hay tres personas con overoles beige y cubetas con agua, listos para recibir a los atoyaqueros. Todos volteamos con curiosidad hacia río arriba, esperando que pronto nos sea revelado quién navega. La cantidad de mosquitos es significativamente mayor que de regreso en el claro, y debido a la poca presencia de nubes el sol golpea con inclemencia a aquellos que no logramos ocupar un buen espacio a la sombra de los árboles que están en la ribera. Las gotas de sudor poco a poco resbalan sobre los rostros de quienes aguardamos.

Pronto mi concentración en el calor se rompe tras el grito de “¡Ahí vienen!”, que se escucha de unos metros más adelante. Probablemente se trata de alguien más del equipo, que señala con su brazo extendido hacia el agua.

De repente dos personas a bordo de kayaks se aparecen, seguidas de figuras amarillas y blancas. Son las y los invitados a comprometerse por el río, quienes portan un overol sanitario por seguridad. Llegan gritando y cantando, sosteniendo los remos por encima de sus cabezas. Con evidentes sonrisas en sus rostros gritan una y otra vez:

--¿Quiénes somos? ¡Atoyaqueros!
            --¿Qué queremos? ¡Atoyac limpio!
            --¿Cómo somos? ¡Atoyamadre!

 

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Uno por uno se bajan de las balsas. Los flashes, las cámaras y las preguntas “¿Y ese quién es?” se apoderan del sonido del espacio, que a su vez era claramente opacado por los aplausos de las personas que ya esperábamos a los navegantes. Al mismo tiempo que ellos llega una veintena de ciclistas, que venían siguiendo el trayecto de las balsas desde su partida.

Los Atoyaqueros se limpian y se acercan a saludar a prensa y a familiares. No han terminado de bajar todos de las balsas cuando dos de ellos ya están en el escenario juntando al público para dar inicio a una breve ceremonia.

Sin prisa nos amontonamos hasta el frente del público. Arriba se encuentra Héctor Ortiz, uno de los conductores de Hechos Noche en Puebla, y también miembro de Dale La Cara al Atoyac.  Junto le acompaña el famoso actor Omar Fierro. “Tomar agua nos da vida, pero tomar consciencia nos da agua”, dijo Héctor, precisando que la frase no era suya y que se había apropiado de ella.

Los dos personajes intercambiaron varios comentarios sobre la navegación y su emoción por haber vivido esa experiencia. Ambos sugieren que todos los poblanos deberíamos de tener la oportunidad de hacerlo.

Tras mencionar un listado de los medios de comunicación que se han sumado para ayudar a difundir los esfuerzos de la asociación, así como el reconocimiento a las empresas que respaldan la iniciativa, los anfitriones reciben a la escritora poblana Ángeles Mastretta, que hace una reflexión sobre el daño que hemos causado al Atoyac, y concluye diciendo “No le temamos al río”. Luego de esa reflexión recitó un poema de su autoría y se despidió, dejando libre el escenario para todos los atoyaqueros.

Melanie Gabriel, presidente de la asociación, tomó el micrófono y dio un breve mensaje de agradecimiento a los asistentes, y junto con los otros dos anfitriones, hizo una breve explicación de los pases de abordaje para poder navegar por casi dos kilómetros del Atoyac: la forma de obtener un lugar en la balsa era adquiriendo un compromiso para la regeneración del río. A continuación los atoyaqueros harían públicos sus compromisos.

Sosteniendo un barquito de papel en sus manos, Melanie continuó diciendo que para ayudarles a tener presentes dichos compromisos, se les entregaría un barco como como el que ella tenía en ese momento, exhortándolos a ponerlo en sus oficinas, y a hacer del cuidado del ambiente parte de su trabajo diario.

Así pasaron personas como Martín Munive, de Conagua Tlaxcala; Gabriel Navarro del ayuntamiento de Puebla; Germán Sierra de Conagua Puebla; Humberto Ávila de la Conafor Puebla; Gerardo Maldonado de la Secretaría de Desarrollo Rural, Sustentabilidad y Ordenamiento Territorial; Daniela Migoya Mastretta de la Semarnat; así como Coral Cañedo de 5 Radio, Fernando Treviño del Consejo Coordinador Empresarial e Ignacio Martínez Laguna de la BUAP; además del diputado local Franco Rodríguez y la diputada federal Marisa Ortiz, entre otras personas, que hacían explícitas sus promesas para contribuir a la causa de un Atoyac limpio y vivo para el disfrute de los que habitamos alrededor de su cuenca.

Tras recibir todos su pequeño barquito de papel, se invitó al público a seguir en la convivencia, pues habría talleres, además de música en vivo para el disfrute de quienes obedientes a la convocatoria decidieran quedarse al picnic, para disfrutar de la convivencia.

Así los festejos continuaron hasta pasadas las tres de la tarde. Las bandas tocaban mientras algunos se recostaban sobre el pasto, frente al escenario, y otros jugaban con sus perros arrojándoles objetos para que éstos los recogieran. Niños pequeños estaban en el taller de papiroflexia, haciendo coronas y otros objetos, mientras sus padres disfrutan de la comida que se ofrece en el lugar.

 

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Es difícil imaginar un Atoyac limpio luego de ver una escena como la que presencié al acercarme a la orilla, sin embargo, al observar una mañana tan colorida, con tanta energía y tanta gente convergiendo en un solo espacio, no es tan difícil pensar en que todos los días podrían ser así con un Atoyac limpio. Pienso en los funcionarios de gobierno que se comprometieron. Y pienso más en el gobierno en sí, en su responsabilidad para exigir el cumplimiento de la ley ambiental por parte de los propios gobiernos, las empresas, los ciudadanos en general.

No temerle al río. Démosle la cara al cumplimiento de la ley.

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