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Autobiografía de un colmoyote (Alicia Mastretta Yanes)

“Los seres vivos somos pasajeros en un pedazo de roca a la deriva por el universo”, dice el narrador de esta autobiografía de una mosca de la selva lacandona hospedada como larva en un ejemplar femenino de la especie Homo sapiens. Así de simple y fría puede ser la lectura de la vida desde la perspectiva de un insecto. Es la sabiduría genética que se remonta a los primeros tiempos de los mamíferos, hace más de sesenta y cinco millones de años. Es la sabiduría que explica la existencia misma de la selva, con sus ceibas gigantescas y sus guacamayas luminosas.

Esta historia narra la vida de un colmoyote y su breve paso por la tierra. Es la narración estricta de un hecho de sobrevivencia natural, severa en su documentación y contundente en su propósito final: recordarnos a los humanos que como los insectos, somos “un elemento más enlazado a la misma red de interacciones que el resto de los seres vivos que formamos la biósfera”.

La vida en su complejidad extrema en la existencia breve de una mosca.

La versión del hospedero --una joven bióloga mexicana-- puede leerse en el blog Historias desde el biogalón.

http://ticatla.blogspot.mx/2010/06/dario-de-mi-colmoyote-y-yo-i-primeras.html

 

Mi vida parásita: autobiografía de un colmoyote

Por Paquito o Paquita, el o la colmoyote


I

 

Soy un colmoyote. Dermatobia hominis según el sistema binomial que inventó Lineo. Un díptero dentro de la clase de los insectos, un miembro de la familia Oestridae dentro del orden de los dípteros, una especie del género Dermatobia dentro de la familia Oestridae. Una mosca que de larva vive dentro de la piel de un mamífero, que se alimenta de sus tejidos y que crece hasta que llega el momento de la metamorfosis. Soy un colmoyote y ésta es la historia de mi vida parásita en una humana, Homo sapiens según el sistema binomial que inventó Lineo.

II 

 

 Mi madre, una mosca hembra, y mi padre, una mosca macho, nacieron en la Selva Lacandona, México. En el estado de Chiapas esquina con Guatemala, uno de los últimos rincones del mundo donde aún existe la selva alta perennifolia.



Fotografía: Javier De la Maza

Ésta es una tierra donde las ceibas tienen varios metros de diámetro y el sotobosque es oscuro de tan espeso que es el dosel, donde los jaguares se mueven en silencio, donde los tapires dejan huellas de tres dedos en el fango fresco, donde el cielo azul se cae en aguaceros, donde el aullido de los monos saraguatos aumenta la densidad del aire y donde en un solo árbol pueden habitar más especies de animales que en toda Inglaterra. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Este es un rincón del mundo donde hay también colmoyotes, como los ha habido desde varios millones de años, y biólogos, como los ha habido desde que la profesión se enseña en el país. 

La vasta biodiversidad de la Selva Lacandona se conecta en un aún más extenso tejido de interacciones. Este es un ecosistema que produce oxígeno, que fabrica agua, que transforma el dióxido de carbono atmosférico en materia viva, que genera su propio clima y regula el de las regiones adyacentes, que alimenta al río Lacantún con los nutrientes que escurren hasta las costas y sus pesquerías. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Mi especie, sin embargo, se distribuye más allá de la Selva Lacandona, en todas las selvas desde aquí hasta Suramérica. Y ahí, en ese neotropical territorio nuestro, los colmoyotes nacemos, crecemos y nos reproducimos como lo hicieron mis padres.


 III 

Cuando mis padres se reprodujeron eran adultos. Es decir moscas propiamente dichas: con alas, ojos rojos y poco menos de dos centímetros de largo. La mosca adulta que fue mi padre encontró y fertilizó a la mosca adulta que fue a mi madre.

Luego mi madre fue en busca una mosca de otra especie, de esas que zumban donde quiera que hay ganado. O tal vez de un mosquito, de esos hematófagos que sacan de quicio a los humanos. Mi madre capturó a este otro díptero, lo sujetó y pegó, uno a uno, varios huevos en su incauto abdomen.

 

Lo que mi madre hizo fue el primer paso de la foresia (la forma en la que los colmoyotes transportamos nuestros huevos hasta el hospedero) y aquel otro insecto era ahora el vector mecánico. Este sistema parecerá extraño, y lo es, de todas las moscas parásitas de la familia Oestridae sólo los Dermatobia utilizamos otro insecto para transportar los huevos, el resto de las especies depositan sus huevos directamente en el hospedero o en su hábitat.  No tengo claro cómo evolucionó este sistema.

 

La mosca común o el mosquito (yo era un huevo, así que no puedo recordar cuál fue mi portador) continuó con su vida normal en la selva. Con la excepción, claro, de que su abdomen estaba impregnado con los huevos que depositó mi madre. Una carga pesada e incómoda, imagino, pero inofensiva para el vector.

 

Yo y mis hermanos permanecimos en forma de huevo hasta que el vector se posó en la piel de una humana. La temperatura ambiental ha de haber rondado los 30ºC y la humedad el 70%, mientras que la piel de la humana estaba a 37ºC y cubierta en sudor. Estas son las condiciones que hacen eclosionar a los huevos de colmoyote. Yo y mis hermanos salimos al mundo, diminutas larvas traslúcidas, poco más que una cola y una cabeza.  Desconozco qué fue del vector, tal vez voló con parte de la carga de huevos aún sin eclosionar.

IV 

Yo y al menos dos más de mis hermanos habíamos llegado a un brazo humano. Estábamos cerca del hombro pero aún en la parte donde el músculo es abundante. Una región del cuerpo que cualquier biólogo (y cualquier humano sensato en general) cubre con mangas largas cuando entra en la selva. Pero mi hospedera se adentró, tal vez solo unos cientos de metros, sin el atuendo adecuado. O tal vez estaba en la estación biológica, ese claro con palapas, mosquiteros y hasta ventiladores que mal que bien hacen que baje el rigor sobre las mangas largas en la ropa de campo.



En realidad no importa dónde dentro de la Selva Lacandona estaba esta humana, sino que nosotros estábamos sobre ella. En su hombro, como podríamos haber estado en su cabeza o en la pata de un jaguar, o en el hocico de un coatí o hasta en el pequeño lomo de una ardilla. Los colmoyotes somos generalistas, cualquier mamífero es un hospedero potencial. Por eso no sólo parasitamos a las especies originales de la selva sino también a los humanos y sus perros y sus vacas. Por eso nos adaptamos bien a su llegada y nuestra población aumenta en las zonas abiertas para la ganadería.

 

 Era al alrededor del 23 de mayo del 2010. Perforé la piel de mi hospedera y adentré mi cuerpo en su tejido subcutáneo. Había iniciado la miasis, la parte de parasitismo obligado de mi ciclo de vida. Ella no lo notó. Al eclosionar las larvas de colmoyote tenemos apenas un par de milímetros y penetrar en nuestro hospedero toma minutos. Un piquete de mosquito se siente más. 


Fotografía de Wikimedia Commons

En el ridículo de las costumbres Homo sapiens, mi hospedera nos puso nombres a mí y a mis dos hermanos. Pero los colmoyotes no seguimos el hábito del sustantivo propio. Para mí el mundo era comer y desarrollarme, lo mismo daba infectar a un humano que a un coatí o a un pecarí. Cualquiera hubiera sido por igual un hospedero, un sustantivo común en el (inexistente) vocabulario de los colmoyotes.


V

Lo cierto es que el que yo infectara a esa bióloga tuvo varias consecuencias que desviaron mi historia de la del común de mi especie. La primera es que mi hospedera estuvo consciente de mi presencia a los pocos días. Sintió mis primeros bocados, un par de minúsculas mordidas, como piquetes de mosquito en el interior de la piel,  pero no sólo detectó el dolor (todos los hospederos nos sienten en algún punto), sino que supo que se trataba de un colmoyote con la certeza de quién ha tenido uno antes y de quién sabe la biología de lo que somos.

La segunda consecuencia es que ella sabía cómo deshacerse de mí: cubriendo con cinta de aislar el minúsculo orificio por el que yo, un animal que requiere oxígeno para respirar, intercambiaba gases entre mi mundo bajo su piel y la atmósfera. Ella sabía que si tapaba este preciado orificio yo me hubiera comenzado a asfixiar; que en un intento por respirar mejor hubiera posicionado mi cuerpo con la cabeza hacia fuera, soltando los ganchos que de otro modo rasgarían el tejido si el hospedero me intentaba exprimir; y que a las pocas horas yo hubiera muerto y ella hubiera podido retirar mi cadáver al presionar un poco su piel. Ridículas las intervenciones quirúrgicas a las que se someten los turistas.

Mi hospedera sabía cómo matarme. Como lo había hecho ya en el pasado con otros colmoyotes que tuvieron a bien instalarse en su cuello, en su omóplato e incluso cerca de su ojo izquierdo. Mi hospedera podría haberme extirpado como lo hizo con mis dos hermanos, el uno más cerca del hueso de lo que yo estaba y el otro cerca del músculo que se pliega al descansar el brazo. Así pues la tercera consecuencia es que mi hospedera decidió quedarse conmigo. Y tener una larva de Dermatobia hominis en su brazo hasta que se completara la parte parásita de su ciclo de vida. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

 VI 

Yo soy un colmoyote y no me enteré de la muerte de mis hermanos ni de las decisiones de mi hospedera. Tampoco me cuestioné cómo y porqué la curiosidad humana puede llevar a uno de sus individuos mantener de forma voluntaria a un organismo biontófago en su cuerpo. Eso es algo que ni trato de entender ni me importa. Mi conciencia se concentraba en hacer lo que la definición de biontófago dicta: alimentarme de los tejidos vivos de mi hospedero.

Y así lo hice durante los días de mi estadio de larva uno. Después mis glándulas protorácicas secretaron ecdisona, la hormona de la muda. Llegó así un momento importante en mi vida: salir por primera vez de mi exoesqueleto, romperlo, desecharlo como si fuera una cáscara e incrementar el volumen de mi cuerpo durante breves horas. Ecdisis es la forma en que los colmoyotes (y el resto de los insectos) aumentamos de tamaño, el proceso con el que solventamos el que la capa de quitina que nos cubre, que nos da consistencia y soporte,  no crezca de forma continua.

Así pues lo que antes cubría mi cuerpo era ahora una exhubia que debía ser descartada. Mi hospedera (que se dice bióloga) la confundió con mi cadáver: creyó que yo había muerto sin explicación alguna y comenzó a tratar de sacar los restos. No me fue grato lidiar con sus intromisiones y sus desinfectantes, pero no pudo quitarme de su interior, los ganchos de mi cuerpo se sujetaron a su tejido y yo me aferré a la vida.

La herida se infectó un poco. Nada demasiado grave. Dolor e inflamaciones locales en el brazo de mi hospedera que se detuvieron cuando sospechó que yo seguía ahí y decidió darme unos días de gracia antes de tomar la decisión de someterse a una curación seria. Debía ser el 13 de junio. Una semana después, ya sin sus ataques, yo tenía la casa de vuelta en orden.

VII

Los seres vivos somos pasajeros en un pedazo de roca a la deriva por el Universo, atados junto con ella al elíptico rodeo con el que los humanos llevan la cuenta de los años. Con la misma falta de control sobre el movimiento de mi hospedera yo viajé al Distrito Federal y a Puebla, luego de regreso a Chiapas y otra vez a la capital y a la ciudad de los volcanes en más ocasiones de las que mi memoria me deja contar. 

Mi hospedera siguió con su vida y yo me desarrollé como lo hubiera echo en otro mamífero. Una relación de parasitismo en la que el daño al hospedero no es mortal. Un tipo más en la enorme lista de interacciones entre seres vivos. Por ejemplo el cuerpo de mi hospedera es hogar también de microorganismos comensales que se benefician sin causarle daño, y de microorganismos simbiontes, que no solo no la perjudican sino que la favorecen. Criaturas con su propio ADN y su propio ciclo de vida que habitan en órganos y tejidos animales como si fueran bosques o lagos. Una microbiota enorme, tanto que en el cuerpo de mi hospedera (como en el de todos los humanos) hay más células de bacterias que células humanas. Me pregunto por eso si será posible condenar a alguien a la soledad verdadera.

 VIII 

Pasé de ser una traslúcida y milimétrica criatura a un ser amarillo rosando el centímetro de longitud. Mi mundo era el agujero en su piel, pero ya no el minúsculo espacio del principio, ya no un punto apenas detectable: ahora era un orificio de un milímetro, obvio a la vista humana. Un espacio que creció junto conmigo y la dirección de mis mordidas. Una herida abierta en el cuerpo de mi hospedera que sin embargo no sangraba y que yo me di a la tarea de mantener limpia al proyectar mis excretas y otros desechos hacia fuera, en la forma de un escurrimiento por su brazo unas cuántas veces al día. 

Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

¿Que si tal atención higiénica era más bien conveniente para mí ya que me alimento de tejido vivo y sano, no necrosado ni infectado? ¿Qué si los colmoyotes producimos algún antibiótico o sólo dejamos trabajar al sistema inmune del hospedero? No lo sé, de alguien será el tema de tesis estudiar si los colmoyotes hacemos algo para mantener saludable la herida que habitamos, hasta entonces mi caso será solo una anécdota aislada sin valor estadístico ni un mecanismo que la explique.


IX

Cumplí dos meses. Me había estado alimentando del tejido graso y de las células blancas de mi hospedera que incesantes llegaban a intentar sanar la herida. Buena fuente de grasa y proteína que me permitió ser una larva sana, fuerte y en óptimo crecimiento. Mi hogar seguía siendo el agujero en su piel, pero mi ventana al exterior ya tenía tres milímetros de diámetro. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes


Mi mundo comenzó a expandirse también: me asomaba. Solo parte de la cabeza, nunca todo el cuerpo. Recuerdo vistazos ciegos al mundo de afuera, sentir el agua fresca de la lluvia y la cálida de la regadera, ser visto por ojos humanos que me eran indiferentes y retraer mi cuerpo tras el tacto imprudente de sus dedos.



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

 Y seguí con la tarea de ampliar, mordida a mordida, el interior de mis aposentos y el borde del orificio.

Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

X


Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Muy cerca del Monumento al Perro Callejero, que adorna con su bronce la Avenida Insurgentes en su paso por la Delegación Tlalpan, en un mundo dentro del mundo del Distrito Federal, está el Deportivo Vivanco. Y ahí, los sábados, salvo que haya contingencia ambiental, se juega futbol.

El día sesenta y ocho de mi vida parásita era sábado 31 de julio del 2010. Sucedió, pues, que dejé el cuerpo de mi hospedera en medio de un partido de futbol.

La Selección Áurea se enfrentaba a las Panteras. Mi hospedera jugaba por la media izquierda, con el naranja de las áureas. Parte de mi cuerpo estaba fuera de su piel, el borde de su playera me rosaba, así que mi hospedera se remangó y no se preocupó más. Los dos días anteriores yo había estado asomando poco menos de la mitad de mi cuerpo. Supongo por eso ningún Homo sapiens imaginó que yo estaba apunto de ser un organismo de vida libre.

El partido comenzó. Mi hospedera corría y con ella el tejido de la que me había alimentado por los últimos dos meses y una semana. El orificio en su piel ya estaba abierto lo suficiente para dejarme salir por completo. El proceso de expulsión sería lento, casi pasivo. Mi cuerpo sintió milímetro a milímetro el tacto del sol. Luego obedeció a la gravedad como todos los objetos en la Tierra. Caí y concluyó la miasis.

 



XI

Estaba en un terreno caliente, olía a petróleo. Se llama pasto sintético pero yo no lo sabía. De hecho, como soy un colmoyote, a la fecha no sé qué es el pasto sintético, ni que no podría enterrarme allí, aunque eso estaba intentando cuando una mano, la de quién fuera mi hospedera, me recogió del suelo.

–¡Cambio, quiero mi cambio! –gritaba la humana desde el lado opuesto a dónde estaba el DT– ¡Agustín cámbiame! –y continuó corriendo. Estábamos siguiendo la jugada, yo dentro de su puño.

Luego su mano abierta, la luz solar y una superficie de tela por la que me arrastraba en busca de tierra. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Necesitaba enterrarme, pero la humana que fue mi hospedera sujetaba mi cuerpo, me medía, me tomaba fotos. Segundos eternos. 

Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Enterrarme, eso decía mi instinto y eso logré. Me adentré dos centímetros en la tierra húmeda donde me puso la que fuera mi hospedera. Un vaso de plástico con tierra, todo el nuevo universo que yo necesitaba.

Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Afuera el árbitro pitó el final del encuentro, la Selección Áurea había roto los ceros por un gol. Empezaría pronto otro partido. El Deportivo Vivanco, Tlalpan, el Distrito Federal y el sol de verano continuaron su sábado.

XII

Poco tiempo después la que fuera mi hospedera transfirió la tierra donde yo estaba a un contenedor más grande y etiquetó su contenido.


Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Yo apenas lo noté. Había comenzado a reducir todo movimiento. Dentro de poco sería yo un cuerpo sésil. Inmóvil pero vivo. Una pupa, la parte de mi ciclo de vida durante la cual ocurre la metamorfosis. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

 

¿Qué se siente ser un embrión de mamífero placentado? ¿Cómo se siente el paso por el resto de su ontogenia? No lo sé. Ni sé tampoco cómo se siente el desarrollo hemimetábolo de mis primos los ortópteros, ni mucho menos la muy diferente metamorfosis de los anfibios.

 

Mi experiencia se limita a mi propio holometabolismo: mi metamorfosis completa, la transformación de ser una larva, un gusano sin patas ni ojos compuestos ni alas, a ser una mosca dividida en abdomen, tórax y cabeza.  Lo que yo sé, y podría compartir si encontrara las palabras adecuadas, es lo que viví durante los 52 días que mi pupa permaneció en la intimidad del entierro, cuando mis órganos internos se reabsorbieron y una orquesta de diferenciación celular construyó alas, patas y el resto del atuendo. El proceso que terminó cuando la disminución de la hormona juvenil en mi hemolinfa desencadenó mi última muda: el paso de pupa al cuerpo de mosca adulta.

 

 XIII

 

Me desenterré. La tierra estaba floja, fue fácil. Mis patas de mosca escarbaron hacia afuera. Mis ojos rojos de mosca percibieron la luz. Estiré mis alas de mosca. Volé pocos centímetros y no llegué a ningún sitio. Estaba atrapado dentro de un bote de plástico con una malla. Afuera el Distrito Federal y su atmósfera contaminada. Adentro la mosca, yo. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Afuera también la humana de la que me alimenté por meses. Yo no la reconocí, ni reaccioné a su presencia, ni me intimidó su tamaño, ni comprendí quién era. Ella en cambio me veía fascinada y se debatía en secreto mi futuro. ¿Intentar llevarme a la selva? Demasiado riesgo perderme en el aeropuerto. Al menos nunca consideró la irresponsabilidad ambiental de liberarme en la ciudad: soy una especie tropical, pero si algún azar podría haber llevado a otro colmoyote a esa latitud, nuestro encuentro reproductivo podría haber ocasionado otra indeseada introducción de especies invasoras.

Al final decidió dejarme ahí dentro del bote con tierra. Mi vida adulta transcurriría en un departamento de un segundo piso en algún lugar de una de las mayores manchas urbanas del mundo. Lejos de los aguaceros de la selva, de su sopor. La humana incrementó la humedad del bote y aseguró una temperatura cálida, una imitación de las condiciones donde yo estaría de haber parasitado a otro organismo.

Luego me dejó a esperar mi muerte, la cual llegaría con la misma puntualidad que hubiera llegado en la selva. El estadio adulto demi especie es una efímera carrera de apareamiento y ovoposición en la que el cuerpo funciona con la energía que almacenó durante el estadio larvario. De larvas comemos el tejido vivo de nuestro hospedero, de adultos buscamos pareja y nos reproducimos. No nos alimentamos más, ni siquiera tenemos las estructuras bucales para hacerlo. Morimos de inanición tras algunos días.


XIV

Soy un colmoyote. Para mi especie los ejemplares de Homo sapiens son un posible hospedero más, un mamífero dentro de la sistemática de los animales, enlazado a la misma red de interacciones que el resto de los seres vivos que formamos la biósfera. Soy un parásito generalista cuya larva se alimentó de un ser humano como lo hubiera hecho de otro mamífero, pues tal ha sido la evolución de mi linaje.

Las moscas de la familia Oestridae evolucionamos al tiempo que la radiación de los mamíferos mismos: nuestro origen se remonta al periodo inmediato a la extinción masiva de los dinosaurios. Tímidos 66 millones de años, un grupo joven ante los ojos de otras moscas que aparecieron hace 225 millones de años y una página reciente en los 400 millones de años de existencia de los insectos. En mi familia somos pocas especies, alrededor de 150, pero distribuidas por todo el mundo. La mayoría especializadas en parasitar una particular especie o género de mamíferos: larvas que crecen en el abdomen bajo de los ratones (Cuterebra fontinella), en las fosas nasales de las oveja (Oestrus ovis) o dentro del estómago del elefante africano (Platycobboldia loxodontis). En realidad, el generalismo de mi especie es más bien un caso excepcional.

XV

Diez días. Mi cuerpo dejó de moverse. Morí como morimos los colmoyotes al final de nuestro ciclo de vida. Luego mi cadáver se deshidrató y mis ojos rojos se tornaron oscuros. Mi peso seco fue de 0.04473 gramos, que casi en su totalidad construí al alimentarme del tejido vivo de mi hospederahumana. Nunca me apareé. En la Selva Lacandona nuevas generaciones de colmoyotes parasitan por millones, pero ninguno de esas moscas es mi descendiente. 


Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

 

Soy un colmoyote. Dermatobia hominis según el sistema binomial que inventó Lineo. Un díptero dentro de la clase de los insectos. Sé las cosas que los dípteros saben, tan distintas de las que he escrito aquí.  

 

XVI

 

Soy una especie de la Selva Lacandona como lo son la guacamaya escarlata (Ara macao) y el jaguar (Pantera onca); como lo son la orquídea de la que se extrae la vainilla (Vanilla planifolia) y el árbol de donde sale el chocolate (Theobroma cacao); como lo son la flor que no hace fotosíntesis y que en los noventa conmocionó la botánica con sus carpelos y estambres invertidos (Lacandonia schismatica); y el pez cuyo descubrimiento en el 2005 produjo la descripción de una nueva familia de vertebrados (Lacantunia enigmatica); como lo son las especies de cactus epífitos (Epiphyllum thomasianum), los hongos que brillan en la oscuridad (Mycena sp.) y como lo son miles, más bien millones, de otras especies de plantas y hongos y animales y microorganismos enlistados ya en los inventarios, más aquellas que aún no tienen un nombre según el sistema binominal que inventó Lineo, pero que existen e interactúan entre sí de formas más complejas que el movimiento de los astros en el cielo y que al hacerlo mantienen la circulación de los nutrientes y la energía que forman el ecosistema de la selva. Así, y sólo así, la selva es selva y no un suelo pobre y deslavado por la lluvia.

 

 

 

Notas bibliográficas

 

Los datos específicos sobre la biología y el ciclo de vida de Dermatobia hominis y su familia pueden consultarse en Colwell, D.D., Hall, M.J.R., and Scholl, P.J. (2006). The Oestrid Flies: Biology, Host-parasite Relationships, Impact and Management. Las fechas de la edad de los insectos y dípteros provienen de la entrada sobre los dípteros en el Tree of life.