• Autobiografía de un colmoyote (Alicia Mastretta Yanes)
  • 11 Abril 2013
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Autobiografía de un colmoyote (Alicia Mastretta Yanes)

IX

Cumplí dos meses. Me había estado alimentando del tejido graso y de las células blancas de mi hospedera que incesantes llegaban a intentar sanar la herida. Buena fuente de grasa y proteína que me permitió ser una larva sana, fuerte y en óptimo crecimiento. Mi hogar seguía siendo el agujero en su piel, pero mi ventana al exterior ya tenía tres milímetros de diámetro. 



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes


Mi mundo comenzó a expandirse también: me asomaba. Solo parte de la cabeza, nunca todo el cuerpo. Recuerdo vistazos ciegos al mundo de afuera, sentir el agua fresca de la lluvia y la cálida de la regadera, ser visto por ojos humanos que me eran indiferentes y retraer mi cuerpo tras el tacto imprudente de sus dedos.



Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

 Y seguí con la tarea de ampliar, mordida a mordida, el interior de mis aposentos y el borde del orificio.

Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

X


Fotografía: Alicia Mastretta Yanes

Muy cerca del Monumento al Perro Callejero, que adorna con su bronce la Avenida Insurgentes en su paso por la Delegación Tlalpan, en un mundo dentro del mundo del Distrito Federal, está el Deportivo Vivanco. Y ahí, los sábados, salvo que haya contingencia ambiental, se juega futbol.

El día sesenta y ocho de mi vida parásita era sábado 31 de julio del 2010. Sucedió, pues, que dejé el cuerpo de mi hospedera en medio de un partido de futbol.

La Selección Áurea se enfrentaba a las Panteras. Mi hospedera jugaba por la media izquierda, con el naranja de las áureas. Parte de mi cuerpo estaba fuera de su piel, el borde de su playera me rosaba, así que mi hospedera se remangó y no se preocupó más. Los dos días anteriores yo había estado asomando poco menos de la mitad de mi cuerpo. Supongo por eso ningún Homo sapiens imaginó que yo estaba apunto de ser un organismo de vida libre.

El partido comenzó. Mi hospedera corría y con ella el tejido de la que me había alimentado por los últimos dos meses y una semana. El orificio en su piel ya estaba abierto lo suficiente para dejarme salir por completo. El proceso de expulsión sería lento, casi pasivo. Mi cuerpo sintió milímetro a milímetro el tacto del sol. Luego obedeció a la gravedad como todos los objetos en la Tierra. Caí y concluyó la miasis.

 


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