• Autobiografía de un colmoyote (Alicia Mastretta Yanes)
  • 11 Abril 2013
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Autobiografía de un colmoyote (Alicia Mastretta Yanes)

 III 

Cuando mis padres se reprodujeron eran adultos. Es decir moscas propiamente dichas: con alas, ojos rojos y poco menos de dos centímetros de largo. La mosca adulta que fue mi padre encontró y fertilizó a la mosca adulta que fue a mi madre.

Luego mi madre fue en busca una mosca de otra especie, de esas que zumban donde quiera que hay ganado. O tal vez de un mosquito, de esos hematófagos que sacan de quicio a los humanos. Mi madre capturó a este otro díptero, lo sujetó y pegó, uno a uno, varios huevos en su incauto abdomen.

 

Lo que mi madre hizo fue el primer paso de la foresia (la forma en la que los colmoyotes transportamos nuestros huevos hasta el hospedero) y aquel otro insecto era ahora el vector mecánico. Este sistema parecerá extraño, y lo es, de todas las moscas parásitas de la familia Oestridae sólo los Dermatobia utilizamos otro insecto para transportar los huevos, el resto de las especies depositan sus huevos directamente en el hospedero o en su hábitat.  No tengo claro cómo evolucionó este sistema.

 

La mosca común o el mosquito (yo era un huevo, así que no puedo recordar cuál fue mi portador) continuó con su vida normal en la selva. Con la excepción, claro, de que su abdomen estaba impregnado con los huevos que depositó mi madre. Una carga pesada e incómoda, imagino, pero inofensiva para el vector.

 

Yo y mis hermanos permanecimos en forma de huevo hasta que el vector se posó en la piel de una humana. La temperatura ambiental ha de haber rondado los 30ºC y la humedad el 70%, mientras que la piel de la humana estaba a 37ºC y cubierta en sudor. Estas son las condiciones que hacen eclosionar a los huevos de colmoyote. Yo y mis hermanos salimos al mundo, diminutas larvas traslúcidas, poco más que una cola y una cabeza.  Desconozco qué fue del vector, tal vez voló con parte de la carga de huevos aún sin eclosionar.

IV 

Yo y al menos dos más de mis hermanos habíamos llegado a un brazo humano. Estábamos cerca del hombro pero aún en la parte donde el músculo es abundante. Una región del cuerpo que cualquier biólogo (y cualquier humano sensato en general) cubre con mangas largas cuando entra en la selva. Pero mi hospedera se adentró, tal vez solo unos cientos de metros, sin el atuendo adecuado. O tal vez estaba en la estación biológica, ese claro con palapas, mosquiteros y hasta ventiladores que mal que bien hacen que baje el rigor sobre las mangas largas en la ropa de campo.



En realidad no importa dónde dentro de la Selva Lacandona estaba esta humana, sino que nosotros estábamos sobre ella. En su hombro, como podríamos haber estado en su cabeza o en la pata de un jaguar, o en el hocico de un coatí o hasta en el pequeño lomo de una ardilla. Los colmoyotes somos generalistas, cualquier mamífero es un hospedero potencial. Por eso no sólo parasitamos a las especies originales de la selva sino también a los humanos y sus perros y sus vacas. Por eso nos adaptamos bien a su llegada y nuestra población aumenta en las zonas abiertas para la ganadería.

 

 Era al alrededor del 23 de mayo del 2010. Perforé la piel de mi hospedera y adentré mi cuerpo en su tejido subcutáneo. Había iniciado la miasis, la parte de parasitismo obligado de mi ciclo de vida. Ella no lo notó. Al eclosionar las larvas de colmoyote tenemos apenas un par de milímetros y penetrar en nuestro hospedero toma minutos. Un piquete de mosquito se siente más. 


Fotografía de Wikimedia Commons

En el ridículo de las costumbres Homo sapiens, mi hospedera nos puso nombres a mí y a mis dos hermanos. Pero los colmoyotes no seguimos el hábito del sustantivo propio. Para mí el mundo era comer y desarrollarme, lo mismo daba infectar a un humano que a un coatí o a un pecarí. Cualquiera hubiera sido por igual un hospedero, un sustantivo común en el (inexistente) vocabulario de los colmoyotes.


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