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Publicado originalmente en aljazeera.com, este texto es reproducido por la revista española sin permiso. Belén Fernández es autora del libroThe Imperial Messenger: Thomas Friedman at Work, publicado por Verso. Además colabora como editora en la revista Jacobin.

El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos comienza el nuevo año con un mazazo.

 

En la última página del pasaporte mexicano de mi amigo Juan hay dos palabras escritas a mano, en inglés y en letras mayúsculas: «ORDEN DE EXPULSIÓN». Lo siguiente son 43 números, letras, paréntesis y otras marcas, cortesía del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos que lo deporta desde el aeropuerto de Newark en mayo de 2015 cuando intentaba visitar dos semanas a la familia de su esposa estadounidense.

 

La razón por la que Juan fue «expulsado», como si fuese mercancía defectuosa o un montón de basura, fue que una vez entró sin papeles en los EE.UU. para trabajar como camarero –como tantos mexicanos se han visto obligados a hacer debido, en parte, a las perjudiciales consecuencias económicas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) impuesto por Estados Unidos.

 

Por supuesto, Juan tuvo más suerte que la mayoría de las personas en el final del proceso de «expulsión» del DHS –por no hablar de los innumerables inmigrantes latinoamericanos que perecen a lo largo de la frontera, como le ha sucedido recientemente al primo del propio Juan.

 

Pastel y más pastel

 

Ahora, según The Washington Post, el DHS tiene previsto comenzar el nuevo año con un mazazo más: deportaciones masivas. Según este periódico, la inminente «campaña nacional» constituiría el «primer esfuerzo a gran escala por deportar a las familias que han huido de la violencia en Centroamérica, afirmaron los más familiarizados con el plan». Aparentemente, la operación se dirigirá solo a aquellas familias a las que un juez de inmigración ya haya ordenado la «expulsión».

 

Si todo esto suena un poco duro, piense en un editorial de Los Angeles Times del 29 de diciembre en el que el comité editorial del periódico consigue defender lo acertada que es la oleada de deportaciones –aun incluso reconociendo detalles relevantes de la contribución de Estados Unidos a la violencia que está alimentando la migración masiva desde Centroamérica: «Estados Unidos... siente cierta culpabilidad moral por las bandas criminales que se trasladaron de las ciudades de este país, incluida Los Ángeles, para prosperar en los barrios urbanos de Honduras, Guatemala y El Salvador. Además, Estados Unidos también es el principal mercado del tráfico de drogas ilegales que contribuye a que muchas de esas bandas florezcan».

 

Sin embargo, se olvidan de la culpabilidad moral. La moraleja de la historia, como siempre, es que EE.UU. puede tener su pastel y también comérselo.

 

El factor Trump

 

Una parte considerable de la clase política estadounidense, sin embargo, nunca estará satisfecha con la cobertura del pastel y seguirá insistiendo en que el presidente es, de alguna manera, suave con la inmigración, a pesar del indiscutible récord que tiene Barack Obama como jefe de deportación.

 

Como señaló la CNN recientemente, Donald Trump –cuya plataforma presidencial incluye la idea de que los inmigrantes mexicanos son violadores y traficantes de drogas– le dio una palmadita en la espalda en Twitter por, supuestamente, hacer que el plan del DHS para deportar familias se hiciese realidad gracias a su constante actitud ante este tema.

 

Mientras tanto, otros miembros de la derecha han sugerido que toda la campaña no es más que un rumor destinado a generar un grado de reacción liberal que luego desaparecerá del programa.

 

Sin embargo, todo esto ignora el sólido compromiso bipartidista en EE.UU. relativo a la deportación, así como a otras muchas políticas que hacen la vida imposible a miles de personas. Además, el servicio de Trump, como una cristalización de la antihumanidad, esconde una falta de empatía similar entre aquellos que son menos abiertamente beligerantes y más retóricamente civilizados que él.

 

De este modo, se consigue, por ejemplo, que los apologistas demócratas consideren que –en comparación con la fantasía trumpiana de deportar a once millones de personas– enviar solo a cientos de familias centroamericanas de vuelta a la violencia de la que huyeron es, relativamente, algo menos siniestro.

 

Mano de obra de usar y tirar, el sueño neoliberal

 

En su nuevo libro Deported: Policing Immigrants, Disposable Labor and Global Capitalism, la socióloga Tanya Golash-Boza afirma que la deportación masiva es «la última permutación del ciclo neoliberal global que comenzó a finales de 1980».

 

Un extracto del libro muestra a un hombre guatemalteco, Eric, cuya trayectoria sirve para ilustrar este argumento. Con 11 años, Eric viajó a Los Ángeles con un visado de turista para reunirse con su madre, que había formado parte de aquel «éxodo inicial» de guatemaltecos que huían de las reformas neoliberales que habían empezado a asfixiar el país. Cuando a su madre le empezó a doler la espalda y no pudo trabajar, él abandonó la escuela para mantener a su familia. Unos años más tarde, cuando ya era adulto, fue deportado después de que la policía lo detuviese por una cuestión irrelevante para la inmigración –a pesar de estar casado con una residente permanente legal de los EE.UU.– y comenzó a trabajar en un centro de atención al cliente dirigido por una empresa estadounidense en Ciudad de Guatemala.

 

Golash-Boza resume el proceso general de la siguiente manera: «Los cambios económicos neoliberales en el extranjero crean flujos migratorios que hacen que los inmigrantes se dirijan a Estados Unidos, lo que da lugar a una mano de obra de usar y tirar que, cuando es deportada, se convierte en una mano de obra aún más barata para las empresas multinacionales que operan en sus países de origen».

 

Otro beneficio es que la explotación de mano de obra barata en el extranjero ayuda a que la mano de obra nacional sea plenamente consciente de la potencial naturaleza efímera de su propio empleo– y a que, por lo tanto, se mantenga sumisa.

 

Esto no quiere decir, obviamente, que todos los deportados sean absorbidos rápidamente por la servidumbre corporativa, sino que más bien señala una de las muchas maneras en las que la deportación masiva puede suponer que los que ya tienen mucho dinero consigan aún más.

 

Si tan solo pudiéramos deportar este fenómeno y luego exiliarlo de forma permanente.